Noté la humedad de la noche y el particular olor a clorofila que indicaba que el arroz estaba listo para su cosecha. Lo único que alumbraba el lugar era la luna. Oí unos pasos que se acercaban por el camino hacia mí. No me dio tiempo a quitarme del paso cuando unos samuráis me traspasaron a la carrera. Toqué mi cuerpo con desesperación, ni siquiera se dieron cuenta de que estaba ahí. ¿Acaso estaba muerto?

¿Pero dónde estaba? Miré bien a mi alrededor. Estaba en otra época, en otro tiempo. A lo lejos pude ver un castillo pero no había coches, ni siquiera el barullo de la ciudad que nunca paraba. Hasta hacía nada estaba sentado en mi ordenador buscando información sobre un kanzashi que había llegado al museo esta misma mañana.

Convencido de que me había quedado dormido en el escritorio, decidí ir detrás de los guerreros. Cuando los encontré vi que rodeaban a una mujer que llevaba algo envuelto en uno de sus brazos y en la otra sostenía un wakizashi. Seguro que era una ladrona.

En un momento empezaron a pelear y el sonido de un niño llorando llegó a mis oídos. Así que eso era el bulto que llevaba la mujer. De pronto, ella cayó al suelo de rodillas y uno de los hombres la atravesó con su espada mientras otro le quitaba al niño y se iban, dejando su cuerpo ahí tirado.

Me acerqué para intentar socorrerla, poco podría hacer pero no podía quedarme sin hacer nada. Cuando me agaché para ver su herida ella desapareció. Volví a estar en mi despacho. Me estiré en la silla, qué pesadilla tan extraña. Trabajar tantas horas sin dudas me estaba pasando factura.

Me levanté para ir a por un buen café cargado para seguir la investigación sobre el adorno. De camino a la puerta volví a sentir esa humedad y el olor a clorofila. Me giré y a menos de un palmo estaba la mujer a la que habían acuchillado.

Sentí un inmenso dolor en mi pecho. El kanzashi atravesaba mi corazón. Pude notar toda la furia que guardaba ese pequeño objeto maldito. Ella lo sacó y se lo puso en el pelo.

—Hace siglos ellos me arrebataron a mi pequeño por orden del shōgun. He tardado mucho tiempo en encontrarte, varias vidas, pero por fin descansaré en paz. Hoy mi hijo vuelve a mi lado.

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