La titilante luz de las velas apenas ilumina la alcoba. Su vida se consume a consecuencia de las altas fiebres que le aquejan y que ni los mejores doctores han conseguido remitir. Sobre la cama descansa el valioso kimono que el shōgun le regaló el día que se convirtió en su esposa. Reclama su presencia a las doncellas que rodean su lecho e intentan calmar sus ardores con paños de agua fría. Le instan a esperar, pues llegará pronto. Pero mienten. Todo hombre necesita una esposa y desde hace algún tiempo comparte la mayoría de sus noches con otra mujer. Como última voluntad pide que le acerquen su amada prenda para sostenerla entre sus manos antes de partir. Incapaz de soportar su abandono, jura que volverá para vengarse.

Poco después de celebrarse los funerales, el shōgun volvía a casarse con quien había sido su amante en secreto. Una mujer joven, de facciones delicadas y exquisita educación, que dedicaría su vida a darle los hijos que no pudo tener durante su primer matrimonio. La noche antes de la boda, tomaba un baño en la soledad de su alcoba para lucir radiante y convertirse en la novia más hermosa que jamás habían visto. Cubrió su cuerpo con el precioso kimono y se sentó frente al tocador para desenredar sus cabellos. Sin embargo, a través del espejo pudo ver cómo una sombra crecía en uno de los paneles correderos que sellaba su estancia.

Una silueta de mujer sollozaba mientras se acercaba con paso lento. Vestía una mortaja de color blanco y los largos cabellos negros y ensortijados caían sobre un rostro vacío. Paralizada, la prometida no pudo gritar ni huir, solo contemplar cómo aquella criatura ponía la mano sobre su rostro y dejaba escapar un alarido aterrador.




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