Mi nombre es Hatsu Tamura, y morí mendigando por las calles de Edo. Mas no me quedé allí.


 Mi padre poseía un discreto arrozal, demasiado pequeño como para que prosperara, pero era suficiente para nosotros. Cuando a mis padres murieron arrollados por un caballo mi tío me echó de mi casa, la única heredera que quedaba, quedándose con todas las posesiones de su hermano. Dejó el arrozal morir y lo convirtió en un gran jardín en el que pasearan los señores que se hospedaban donde yo había crecido. Yo todo lo observaba desde el kosheki que me hizo mi padre y que ahora yace en una vitrina en el recibidor de mi casa. Porque sigue siendo mi casa. Te cuento esto porque no llegarías a abrir esa vitrina aunque lo intentaras.


 No podía permitir que profanaran así el trabajo de mi padre, de mi abuelo, de mi bisabuelo. Que insultara a mi madre y arrasara con el trabajo de sus manos. Tenía tres hijos y de los tres tuvo que despedirse, desde la pequeña Akana a la que desvié su bocado de arroz de su garganta a sus pulmones, hasta el mediano que resbaló con el agua de un grifo mal cerrado. Los gritos de los huéspedes al verlo yacer en el sueño, con su cabeza en una posición imposible, aún se escuchan si te mantienes en silencio.


 Su esposa anduvo desesperada buscando la paz en los ancestros, pero su familia no podía ayudarla, pues temían molestar a los ancestros de su marido, en concreto a mi padre, si intervenían en lo que por otro lado veían justo. Tumbada en la bañera intentando despejar su mente, tiré de su pierna hasta que su cabeza quedó bajo el agua, no dejándola volver a respirar. Odié que mi tío pensara que se lo hizo ella misma, pero puse remedio pronto.


 No pasó una semana desde que perdió a su compañera cuando le hice ver hundirse a su primogénito Keiichi en el jardín, escapándosele entre sus dedos: un humedal no es un sitio para poner caminos y flores, ahora ahí yacerá entre el lodo y la descomposición. 


 Poca ayuda pude darle a mi tío para que encontrara su final, pues tras despedirse de su hijo abrió el sake y empezó a beber indignamente, sin siquiera servírselo. Los clientes lo veían borracho por los pasillos, preguntando qué había pasado, instándole a que parara. Maldijo este lugar, como si no lo hubiera hecho ya años atrás. Las botellas que ves en el suelo son el resultado de su ignominia y, frente a esa pintura ajada que ves ahí, se descompuso su cuerpo con el pasar de los años. Nadie tuvo el valor de cruzar ese umbral durante más de un siglo, y bien que hicieron.


 Mi nombre es Hatsu Tamura, y esta mi casa. No te puedes quedar aquí.


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