El samurai desplazó la puerta corredera y entró en la sala privada a la que había entrado su amo. Esta se encontraba vacía, como el resto de la vivienda. La había recorrido dos veces y no había encontrado a nadie, pero los gritos de dolor seguían llegando hasta él. Escuchaba a su señor suplicar y gritar su nombre pidiéndole que le rescatara. Desenvainó su katana y observó la pared de papel con imágenes de señores feudales que tenía frente a él. Había algo en aquellas figuras que le resultaba extraño. Tenían dibujados los rostros de quien sufre auténtico terror: ojos desorbitados con una mirada de súplica y las bocas abiertas en un grito mudo. Una de aquellas figuras le recordaba vagamente a su amo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo por debajo del kimono. Encontraría a su señor y derribaría la machiya entera si era necesario. Asestó un tajo que cortó la superficie de papel sin dificultad, partiendo el bambú como si se tratase de agua. La casa tembló alrededor de él como si hubiera sentido aquella herida. El lamento de su amo creció y se distorsionó convirtiéndose en un sonido gutural que le recorrió por dentro.

Apretó con fuerza la empuñadura de su arma con las dos manos y volvió a cortar otra de las paredes. El tatami bajo sus pies tembló y, ante sus ojos, se abrió un agujero que escupió el cuerpo de su señor. Este se encontraba cubierto de sangre y restos de bambú ensangrentado sobresalían de su cuerpo. El samurai se arrodilló junto a él y le preguntó quién le había torturado de aquella manera. Su señor señaló la pared cercana y murmuró algo que no logró entender. La casa volvió a temblar. El samurai se incorporó con la katana lista y contempló su alrededor. Las paredes vibraban y parecían encogerse mientras el bambú que componía la estructura de la casa crujía y se quebraba.
Una mano le sujetó por el tobillo y el samurai bajó la mirada. Los ojos de su señor le suplicaban que acabara con aquello, que diese fin a ese sufrimiento. Se arrodilló junto a él y le cogió la mano con fuerza. Los estertores provocados por las heridas le hacían agitarse y la sangre salpicaba todo el tatami a su alrededor. El samurai asintió y su amo cerró los ojos. Apoyó el filo de la katana en su cuello y la casa rugió. El suelo tembló bajo ellos y las paredes volvieron a desplazarse, haciendo la sala cada vez más pequeña. Un tajo certero y la sangre brotó de nuevo.
El samurai dejó la katana frente a él mientras la casa se retorcía. Desenvainó su tantō y apoyó la punta de este en su abdomen. Miró el cuerpo sin vida de su señor y recitó la oración de respeto que se brindaba a los caídos en combate antes de clavarse el filo de su arma. Cumpliría con su destino y acompañaría a su amo en la muerte.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 3 meses

    Genial, creo que este cuento de casa encantada me ha transportado todo el rato sin necesidad de saber del antes y del después. Se merece estar más arriba en la clasificación de la prueba.

  • Muchísimas gracias @jon_Artaza pero tiene algunos fallos que podría haber solventado si lo hubiera repasado. Pero con la costumbre de hacerlo todo para última hora, es lo que pasa.


Tienes que estar registrado para poder comentar