Silenciada es






Triste invierno perdido
Del sol cautiva


En los bosques de Nara, en un templo abandonado, vivía una joven huérfana de linaje caído en desgracia. Malvivía remendando sombreros de paja y harapos abandonados, por los cuales limosna le daban. Un invierno helado, cuando sus fuerzas ya flaqueaban, suplicó clemencia a los dioses —¡destino lamentable morir de frío!—, su llanto fue escuchado.

La niebla danzaba baja junto al templo. Una sombra surgió entre los árboles. Renqueante, exhalando vapores que disipaban la misma noche, un vendedor de saque, con sonrisa crispada y piel cenicienta, se acercó a la muchacha: “Tu insólita belleza podría hacer al emperador temblar. Te daré nombre y honor; he aquí mi plan”.

Urgiéndole a unirse con él, la sombra convenció a la chica de que si su vientre daba fruto antes de que el tiempo marchitase su don, su descendencia poseería tan sobrenatural belleza que podría estremecer al mismo príncipe heredero. Así pues, le ofrecía la oportunidad de restituir el honor de su familia de la más inaudita de las formas. La chica, cuya inocencia la pobreza no había logrado desterrar, creyó su futuro salvado. Engañada, se dejó envolver por la oscuridad.

Al tiempo acudió de nuevo al viejo altar. Siguiendo la creencia de que la belleza se conserva mejor cuanto más alejada queda del beso del sol, quiso un favor más. Ofreció un tributo a Amaterasu —una sombrilla de bambú, último de sus remiendos— y rogó:
—Por favor, ayúdame a preservar mi don. Líbrame de los destellos de tus dorados dedos.
Amaterasu, indignada, respondió:
—¿Pides mi favor renegando de mis besos?
Arrepentida por su atrevimiento, lanzóse al suelo implorante, contándole la historia del vendedor de saque. Amaterasu, indolente, continuó:
—Sea pues cumplido tu deseo.... Conserva esa sombrilla que ofreces, te protegerá de mi influjo. Pero llegado el momento, demostrarás tu lealtad. Entre hielo o llamas, mis fuegos escogerás.

La chica accedió, aun temerosa, no importaba su destino si su linaje prosperaba. Recibió la sombrilla encantada. Al cubrirse con ella el sol se apagaba y sombras la envolvían. Por los bosques vagaba su silueta oscura, oculta al mundo, mientras en su seno una vida despertaba.

Llegado el día del parto, con enormes sufrimientos ofreció su fruto. Algo marchaba mal. Retiró por vez primera la sombrilla desde que la recibiera, expulsando a las sombras de su cuerpo para poder ver. Entre sus piernas la cabecita ya asomaba, pero las diminutas manos se agarraban a sus entrañas. La criatura le miraba, ojos pálidos como la nieve, piel de escarcha y boca helada; preguntaba:
— ¿Mi hielo o sus llamas?
Sintiendo cómo el frío la desgarraba, la chica gritó en favor de Amaterasu, del sol, ¡de las llamas! Gimió entonces ante el abrazo de su ama. El bebé crispó su rostro, su sonrisa se tornó humo y el fuego consumió sus almas.


Desde entonces, viajero, si en los bosques de Nara ves flotar una sombrilla, cuídate de sus sombras, del bebé que las ronda, y de la huérfana que llora en llamas.


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