Como para cualquiera que se hubiera criado en el dominio de Morioka, el bosque formaba una parte importante del escenario tanto de los juegos de infancia como de la actividad económica de los que ya habían pasado a su vida adulta. Lo había atravesado en innumerables ocasiones anteriores. Tantas veces que mis pies estaban acostumbrados a recorrer sus caminos sin titubeos. Sin embargo, algo en aquella noche se sentía diferente.

Al principio achaqué mi corazón acelerado a que acababa de escaparme a hurtadillas del castillo del Daimyo Nambu. Donde me esperaba una noche de bodas por la que no estaba dispuesta a pasar. Con poco más de quince años, mi familia me había entregado al señor feudal esperando así poder ascender en posición social. Una huida como aquella era considerada una traición, aunque yo prefería morir antes de que aquel decrépito hombre me pusiera una mano encima.

La negrura había devorado el paisaje y la luna, que parecía estar de mi parte, había decidido mostrar su cara más oscura. De otro modo, la luz de sus rayos hubiera revelado mis pasos a los centinelas que hacían guardia en los muros del castillo.

Recorrí el trecho que me separaba del bosque pensando en las leyendas sobre yokais que deambulaban por las noches en busca de personas incautas que se atrevieran a internarse en la espesura. Con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la huida y con estas historias en la cabeza crucé la primera línea de árboles en busca de un refugio en el que quedarme hasta que clareara el día.

Una niebla espesa comenzó a emanar del suelo envolviendo cada árbol y cada piedra que encontraba a su paso, otorgándoles una forma siniestra. Sentía las pulsaciones en mi pecho, en mis sienes y en mis manos y un zumbido punzante se apoderó de mis oídos a pesar del abrumador silencio con el que la niebla parecía acallar los sonidos del bosque. Por un momento me quedé paralizada sin saber en qué dirección ir.

Pasados unos minutos interminables continué andando guiándome a tientas entre los árboles hasta que tropecé con los escalones de un pequeño santuario que nunca antes había visto. Sorprendida me tomé un momento para observar aquella construcción surgida de la nada. Aunque debía de ser ya muy tarde, una señora ataviada con las vestimentas ceremoniales barría las hojas acumuladas en la entrada del recinto. Levantó la vista hacia mí. Hubiera dicho que intuyó que me había perdido puesto que me ofreció una de las linternas que colgaban del techo de madera. Encendió la vela de su interior y me la obsequió con cierta solemnidad para entregarse de nuevo a su ocupación anterior, no sin antes desearme buen camino.

Anduve durante horas entre la niebla. La linterna iluminaba lo suficiente como para no tropezarme sin embargo, cuando traté de tocarla, la llama no emitía calor alguno. Un escalofrío recorrió mi espalda a la vez que un presentimiento cruzó por mi mente. Jamás volvería a salir del bosque.

Comentarios
  • 4 comentarios
  • Felix.B @Felixbel hace 16 días

    Ay pobrecita. Yo le hubiera puesto veneno al viejo feo ese. :)

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 14 días

    La verdad, qué desgracia la de la protagonista. Muy interesante. ¡Hay algo de la "Santa Compaña" en tu cuento! :D

  • Sí! De hecho busqué si existía el concepto en Japón

  • Susana Calvo @Susana hace 13 días

    Terror japonés con un toque gallego. Estoy con Jon, hay algo de Santa Compaña, me gusta eso.


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