Hiroaki Masamune permanece arrodillado. Ya ha anochecido, y guarda un respetuoso silencio, mientras en su interior ruega por la paz eterna de su hermano de batallas, Masanori Yoshitsune.

En esta misma fecha, casi un lustro antes, volvía con él de enfrentarse a un shogunato rival, y en ese mismo cruce de caminos habían sido emboscados por demasiados ladrones como para salir indemnes. Habían acabado con ellos, pero no antes de que su compañero perdiera la vida.

Hoy, como cada aniversario, Hiroaki confía que sea una noche apacible en la que permanecer rindiendo pleitesía a la memoria de su mejor amigo. Pero una sensación gélida recorre su cuerpo. Empieza a oír voces. Cercanas. Se vuelve, pero no hay nadie ahí. Al menos, nadie visible a sus ojos. Formas brumosas empiezan a formarse justo tras el rabillo de su ojo. Cuando gira su cabeza desaparecen. Se levanta, se gira, los susurros se multiplican. Así que desenfunda su katana, se pone en guardia, y, de forma casi automática, la levanta y otro filo impacta con fuerza contra ella. Un golpe que surge de la nada. Mira a su alrededor, y la oscuridad empieza a tomar forma. Esperaba que en esta ocasión no se manifestasen esos demonios sedientos de almas, pero tiene que volver a enfrentarse a ellos, pues no puede permitir que se adueñen ni de su ánima ni de la de Masanori. Acuchilla a un ser de retazos de niebla rojiza y dientes afilados, para después enfrentarse a un gigante acorazado de piel negra. Las criaturas no cesan de mostrarse, de atacarle, de intentar atrapar su espada, el alma del samurái, pero sabe que no puede permitírselo.

Las horas pasan, las figuras caen, por momentos duda de sus posibilidades, pero, al amanecer, no parece quedar ya ningún ser que se atreva a acercarse. Ha honrado y protegido el lugar, y puede al fin retirarse, confiando que el próximo año todo será más tranquilo.

* * *

Mientras, en nuestro plano mortal de existencia, los mejores guerreros se apostaron en la encrucijada en que hace décadas murieron los dos samuráis. Cerca de la piedra en que Hiroaki Masamune, tras matar a todos los rivales, exhaló su último aliento, quedando su espíritu imbuido en la roca. Y de ella aparece, cada aniversario, una forma fantasmal, de contornos velados, semitransparentes, cuya única parte material tangible es una katana, que dicen que podrá empuñar quien logre derrotarla, y así volverse invencible. Pero, una vez más, al amanecer lo único que queda en la encrucijada son las coloridas armaduras vacías de aquellos que intentaron triunfar sobre el espíritu de un samurái honorable incluso tras la muerte.


Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 16 días

    Interesante giro final que le has dado a la historia, es como desvelar el making of de una leyenda de fantasmas. Genial idea.

  • Ed Gorende @gorende hace 16 días

    Muchas gracias. Soy de los que meten giro final en todos mis relatos. Aunque no siempre quede igual de bien, claro :)


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