Crujido de madera. Chirrido de uñas arrastrándose. Golpe seco.

Abres los ojos, oscuridad. Afinas tu oído. Percibes tu respiración y los latidos de un corazón sobresaltado.
Sientes el sudor frío en tu frente.

Crujido. Chirrido. Golpe seco.

No ha sido un sueño.

Crujido. Chirrido. Golpe.

Arriesgas a sacar la mano de tu futón para encontrar la lámpara de aceite que libere tus ojos de la negrura total.

Crujido. Chirrido. Golpe.

Te detienes, jurarías que ahora la fuente del sonido está más cerca. Estás expuesta.

Crujido. Chirrido. Golpe.

Te incorporas en un movimiento ágil y te decides por tu hamidachi. Necesitas tu daga más que la lámpara de aceite.

Silencio.

El claro de luna tamizado a través del washi arranca un destello reconfortante del filo de tu daga, ecos de los aprendizajes de tu entrenamiento sosiegan tu espíritu. Cierras los ojos.

Crujido.

Un desplazamiento fluido y estás en cuclillas en el centro de la habitación.

Chirrido.

Ubicas el sonido a 10 pies a tu derecha, el peso de tu cuerpo se redistribuye.  Estás preparada para el ataque.

Golpe.

Tus pies impulsan un salto felino en el que lanzas una estocada en arco que hace silbar tu hamidachi en su caída en picado.

Silencio.

La punta de tu daga se clava en el suelo sin encontrar resistencia.
Desconcierto.
Crujido. Un silbido como el provocado por tu daga surca la habitación. Te agachas instintivamente y sientes un roce frío en la coronilla. Un mechón de sedoso pelo negro planea hasta el suelo. Chirrido y golpe.

Te abalanzas, destrozando el panel corredizo que te separaba del jardín. Agradeces la noche despejada de plenilunio y buscas a tu enemigo. Sin éxito.

Crujido.

Tu cuerpo se eriza al ver una daga que reconoces al instante. Su filo mantiene un equilibrio precario sobre el suelo.

Chirrido. El metal se arrastra impulsado por una energía invisible, surcando el tatami.

Golpe. El mango de madera rebota contra el suelo.

Una lágrima cálida desciende por tu rostro.
El recuerdo de una decisión amarga oprime tu pecho. La vida de Kasumi escabulléndose por el orificio que tu daga había abierto. Su mirada en el momento en que comprendió tu traición.

Dejas caer tu daga y abres el nemaki, dejando tu pecho al descubierto.

En el momento en que el filo de la daga de Kasumi abre tu piel sientes vuestros espíritus unidos de nuevo, para siempre.

Tu cuerpo yace entre dos dagas inertes.
Con la venganza completada Kasumi y tú por fin descansaréis en paz.

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