Aiko se aferró a su amuleto cuando la luz del relámpago inundó la habitación y las paredes de la casa señorial se estremecieron. El bebé se despertó y se echó a llorar. Siempre que estaba despierto lloraba sin remedio. La mujer no pudo evitar recordar la discusión que había mantenido con su marido, el daimio, solo siete días atrás.

—Escucha, mujer, te he dado lo que querías: un hijo que llenase el vacío de tu corazón. ¡Dijiste que no te importaba cómo lo consiguiese!

Aiko se había vuelto hacia la ventana, con vistas al lago, estrechando con fuerza el amuleto que siempre llevaba consigo, un objeto que había protegido a su familia de los espíritus malignos desde hacía generaciones.

—No debiste matar a esa campesina —le reprochó, compungida.

Su marido había muerto dos días después de aquello, ahogado en el lago. Se determinó que se había tratado de un accidente, pero Aiko no pudo evitar recordar las historias de fantasmas de su infancia. «Los espíritus malignos moran en el agua». En un impulso, había decidido trasladarse con el bebé a las montañas.

Aiko dejó el amuleto sobre la mesa y cogió al niño en brazos. Pensó que quizá algo de aire fresco la despejaría y abrió la puerta corredera que daba al patio. Llevaba toda la tarde lloviendo y la tierra estaba encharcada. Un golpe de viento se coló por el vano y derribó la vela que alumbraba la habitación. Antes de que Aiko pudiese evitarlo, la llama alcanzó el amuleto de tela, que empezó a arder.

Con un grito ahogado, la mujer dejó a la criatura en la cuna y se apresuró a apagar la llama, pero la mayor parte de la reliquia había quedado destruida.

La habitación se encontraba a oscuras, pero el niño ya no lloraba. Aiko se volvió hacia la cuna con la intención de arroparlo y vio que había alguien allí. Una figura de cabellos oscuros cuyo rostro era incapaz de distinguir. Al principio pensó que se trataba de la nodriza, pero enseguida se dio cuenta de que estaba empapada. Su pálida mano sostenía la del niño, que la miraba sonriente. A sus pies había un rastro de humedad se extendía hasta el patio inundado.

La figura se volvió hacia Aiko y ella supo quién era.

—No —murmuró con voz temblorosa—. Yo… yo no quería…

La mujer fantasmal soltó la mano de su hijo y empezó a avanzar hacia ella.

—Espera… —gimió Aiko mientras retrocedía—. ¡Llévatelo! Él no me quiere. Nunca debí coger lo que no era mío.

La figura se inclinó sobre ella, apartándose el cabello para mostrarle su rostro. Un segundo relámpago iluminó la habitación y un horror indescriptible sacudió a Aiko con la fuerza de la propia tormenta. Su corazón se detuvo y su cuerpo quedó tendido, inerte, en medio de la habitación.




Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 16 días

    Un autentico cuento de terror, creo que con las descripciones que has hecho, si te dan un par de páginas más y las desarrollas, el infarto se lo da al lector. :D Muy bueno.

  • María @merodeador92 hace 16 días

    ¡Muchas gracias! :)


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