Tierra roja

La novia, Gisei, recorrió con suavidad el pasillo que conducía a la estancia nupcial. La madera no emitía sonido alguno ante el paso de la joven que, grácil, hacía bailar la seda a su alrededor limitada solo por el peso del cabello negro que acariciaba sus pies.

La tela bordada contrastaba con el algodón de su sirvienta, Yousei. Pese a ello su caminar y su porte denotaban la nobleza que escondía. Gisei se detuvo, haciéndola tropezar.

—Presta atención. O no durarás mucho más aquí —dijo, velando su sonrisa con el abanico.

—Sí, señora.

No hubo nada reprochable en la inclinación que le dedicó, ni en su respuesta y eso hizo enfadar aún más a la nueva consorte del gobernador.

—Guarda esta noche vigilia frente a mi puerta. Reza por un varón mientras acompaño a tu padre.

Anheló girarse para ver si aquello acababa con la perfecta compostura de Yousei. Se contuvo, entró y cerró digna la puerta tras de sí antes de descubrir el tatami repleto de pisadas de tierra roja. Desde el futón hasta la pequeña mesa en la que habían reemplazado su hermoso juego de té por un papiro y un pincel. Gritó de rabia. Aquello era obra de Yousei. Su madre, Sakka, la primera esposa, había sido una erudita en el arte del haiku y la caligrafía. Era un mensaje de la pequeña perra en honor a su madre muerta.



Hermosa blanca luna

Cuando se cansó de vociferar y golpear la puerta que no lograba abrir devolvió la mirada a un cuarto que ya no se encontraba vacío. De rodillas, sentada sobre unos empeines teñidos de tierra y sangre, una mujer trazaba kanjis sobre el papiro.

No podía ser Sakka. Todos sus bienes habían sido trasladados al templo rojo, famoso por la tierra arcillosa que lo rodeaba. Recordó.

«Vete». Quiso ordenarle y descubrió que no poseía voz.

Sakka se alzó y tendió el pincel a la nueva esposa. Su rostro blanco y perfecto carente de sentimiento.

—Dime, consorte ¿eres diestra?

Gisei tomó pretenciosa el pincel para demostrarle su intachable valía. Se acercó a la mesa y tomó el haiku inacabado. Poseída clavó el extremo en su blanca muñeca y concluyó el poema.



Negro pincel

El grito de su esposo fue lo último que escuchó. La preciada tinta roja corría por sus brazos, tiñendo su kimono de seda, y manchando sus empeines sobre los que se había sentado recta como su madre tantas veces insistió.

El gobernador corrió hacia su amada y meció su cuerpo sin querer mirar el haiku; último auspicio que Sakka le dedicó, con su propia sangre, antes de morir.

—Madre —gimió Yousei, aún de rodillas, desde el pasillo.

Ninguno quiso sentir la promesa que les hizo ni las pisadas silenciadas del espectro que abandonó la habitación dejando tras de sí huellas rojas de la sangre derramada y, frente a su amada hija, un maldito pincel con el que escribió.


Futuro escrito

Pasado narrado

Diestro lector.


Tierra roja

Hermosa blanca luna

Negro pincel.





Comentarios
  • 8 comentarios
  • Preciosa y original estructura para el relato. Enhorabuena!!

  • Raquel Valle @ValleS hace 3 meses

    Enhorabuena por un relato tan sobrecogedor y delicado!

  • Isama @Ibanmsm hace 3 meses

    Me ha encantado la combinación de poema y narración, enhorabuena!

  • Laura_M_A @Laura_M_A hace 3 meses

    Me encanta, merecidísimo el primer puesto

  • Arachne81 @Arachne81 hace 3 meses

    Tuve la oportunidad de recibir este relato para valorarlo y me sigue pareciendo alucinante. Precioso.

  • Midyakri @Midyakri hace 3 meses

    ¡¡Muchas gracias!! La verdad es que no estaba segura de que fuera a funcionar...

  • Midyakri @Midyakri hace 3 meses

    Se me han cruzado los comentarios a los comentaristas... En cualquier caso daros las gracias por las sugerencias, las correcciones y el ánimo.

  • Vengo a decir que me encantó la estructura de este relato y la idea; también fui una de las encargadas de valorarlo. Un abrazo!


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