Agarré al celador del cuello de la camisa y lo saqué arrastrando de entre los escombros. Colgaba patéticamente como un espantapájaros hueco, rebotando cuando pasábamos encima de un bloque suelto. Era curioso que hubiésemos acabado así: yo vivo, él muerto. ¿No se suponía que él era el bueno? Y yo, un homicida sin escrúpulos, le estaba robando los cigarros del bolsillo.

—Tú ya no los necesitas —mascullé buscando ahora el mechero.

Miré a mi alrededor. El panorama era desalentador. La vieja cárcel Saint Mary era un revoltijo de bloques irregulares de cemento y hierro doblado, todo ello a la deriva en un pedrusco del Atlántico. Presos y carceleros habían encontrado una misma sepultura en esa isleta. Definitivamente, no existía justicia en este mundo.

¡Nath, ese sí que era un cabrón con suerte!

—Reduciré este sitio a escombros —había jurado cada noche desde que me lo pusieron de compañero.

—Bien por ti —había respondido yo, pensando que bromeaba.

Y joder si no bromeaba... 

Desde que me trajeron en barco, y mis pertenencias se redujeron a un escupitajo en la mejilla y una patada en el culo, pensé que solamente se podía salir de aquí en una bolsa de tela. Los primeros días miraba el borde del horizonte con cierta esperanza, aunque enseguida acabé resignándome.

Y luego llegó él.

Le metieron en mi celda apenas un par de días más tarde y me dejé contagiar por la demencia de su esperanza.

—No sé tú, Eddie —me dijo una vez en el comedor—, pero yo quiero recuperar los veinte millones por los que he acabado aquí.

Sí, yo también quería. Pero lo único que consiguió con ese sueño idiota es que le metieran en el agujero por intentar escapar nadando.

Y aquí estaba yo, rondando como un perro callejero sobre las pruebas de que Nath tenía razón: el Saint Mary se podía desmenuzar. Contemplé sin ningún tipo de lástima el rostro aplastado de uno de los hombres que sobresalía bajo la piedra. El polvo se le había pegado a la sangre seca haciendo de su cráneo el lienzo perfecto de nuestra crueldad. Técnicamente, ese preso había muerto por mi culpa. Me pregunté si estaría gritando desde algún punto del infierno cuando se enterase de mi "contribución" al asunto.

¿Y qué más daba ahora, si Nath me había dejado tirado? Apreté los puños evocando el momento en el que ese hijo de puta me había empujado de la avioneta.

—Dije que quería mis veinte millones —había dicho Nath—. No los diez que comparto contigo.

Y, después de eso, me había tirado al mar, no muy lejos de la isla. Le di una patada a la cabeza del hombre muerto de la rabia que me daba, hundiéndosela todavía más.

—¿Hola? —Un pescador había desembarcado al pie del acantilado.

Lástima que su voluntad de buscar nuevos heridos sea precisamente lo que haya acabado con él. Necesitaba su barca, y no dejaría escapar esa oportunidad de oro. Le disparé con la pistola del celador y me abalancé hacia el bote, pisoteando su cadáver.

—Voy a matarte, hermanito —sentencié pensando en Nath.

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