—¿Y cómo has llegado hasta aquí?

—Oh, ya sabes, lo típico. —Sabrina se acomodó la coleta antes de volver a calzarse el sombrero empapado—. La prueba de vuelo salió mal, otra vez. Porque, o sea, si fuera la primera vez, aún lo entiendo, pero ya es la vigésimo tercera y el cacharro este solo sabe planear mal. —Señaló los trozos metálicos desperdigados por la arena, desganada y frustrada a partes iguales.

—Pero... volabas, ¿no?

—No, no volaba, me estrellaba contra... ¿un mini desierto en medio del Atlántico? —preguntó al pasear la mirada por el islote ocupado solo por ella misma y los restos de su aeronave.

—Nami —corrigió Mae—, significa «entrada».

—¿No te parece un poco obvio?

—Tú no lo has adivinado hasta que te lo he dicho.

—También es verdad... —murmuró al tiempo que se levantaba.

—¿Vienes o qué? —Chapoteó la cola anaranjada en el agua en un intento de asombrar a la bípeda. 

—¿Dejo el sombrero o...? Vale, vale, no me pongas esa cara, ya voy.

Y tanto que iba a ir. Sabrina no huyó de Puerto Rico para quedarse a las puertas de Atlantis, nunca mejor dicho. Encontró los mapas del Mundo Submarino tiempo atrás y de casualidad, ya que ningún otro ingeniero se los habría confiado a ella.

Los puertorriqueños le decían «La Sevillana» aunque fuera de Toledo, jamás le dejaban café preparado, revisaban sus cálculos entre todos y solo le entregaron ese planeador porque ella misma lo había construido. Acostumbrada a ser infravalorada por sus pares, le resultó fácil morderse la lengua cuando descubrió que aquella isla yerma se ubicaba tan solo quince grados a la derecha del objetivo original. Sus cálculos indicaban que el combustible alcanzaría y, más importante aún, que el localizador perdería señal.

Era cierto que, a pesar de tener domesticado al chupacabras, todavía dudaba de la existencia de sirenas. Sin embargo, esa misma mañana tuvo una corazonada. Soportó las burlas de Mario y Carlos, ignoró las miradas asqueadas de Antonio y Pedro y solo golpeó una vez a Luis cuando le palmeó el culo. Una vez arriba del Bella Vista, despegó de San Juan sin despedirse. Su intuición la recompensó con unas brillantes escamas naranjas que guiaban sus ojos hacia un torso de mujer. Si en ese momento hubiera controlado su emoción al verla, no habría fallado el aterrizaje.

Lamentó disfrazar la verdad con una coincidencia, pero Mae tampoco fue sincera. Solo reveló su origen humano una vez que ambas se perdieron en la conversación. Nadie aseguraba que Sabrina también obtendría una colorida cola de pez, aunque más le valía correr el riesgo que pedir un rescate. Quizás sería más aceptada entre híbridas bajo el agua que entre humanos sobre tierra. En todo caso, mejor saltar al océano que hacer esperar a una dama, ¿verdad?

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