Se hizo el silencio en el banquete. Era mi turno.

- Mi historia -comencé- es vulgar y carente de emoción alguna. Mi vida como salteador de caminos en la Bética terminó con un afilado pilum recogiendo una gota de sudor de mi garganta. De ahí a Capua, gracias a mi destreza con el gladius, y cuando mi fama se hizo mayor que la de mi señor Flavio, a Roma. No recuerdo las veces que he comido con hermanos a los que he matado al día siguiente. Mañana, en el Anfiteatro, puedo alcanzar mi victoria número cincuenta y recoger el rudis que me devuelva la libertad. Pero antes, tengo que matar a uno de vosotros. Os prometo gratitud en mi corazón y un lugar en mi memoria.

Prisco me miró, asintiendo, y levantó su copa. Todos lo imitaron.

- Jabato, vivas o mueras, mañana serás libre.

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