Lo más fácil sería decir que una tormenta imprevista me ha dejado tirado en esta playa, en medio del océano. Pero la realidad, por dura que me parezca, anda muy lejos de ser esa.

Ayer estaba navegando en un velero —es así y no tengo más remedio que aceptarlo—, veinte metros de eslora para cuatro personas y una travesía de lo más plácida por el Caribe. Un patrón experto y su pareja, con mi novia y yo, éramos toda la tripulación. A Adela, mi chica, cuando le planteé pasar las vacaciones en un barco no le hizo mucha gracia. Mi intención era que olvidara los últimos meses, cuando el trabajo me había obligado a estar un poco apartado de ella. Ponerse morena en un velero, sintiendo la brisa salada en su piel, y un buen regalito de mi parte, acabaron por vencer sus titubeos. Que la pareja del patrón fuera Sandra, una amiga de la infancia, también ayudó. De hecho, fue ella quien nos lo propuso. Los tres habíamos estudiado en el mismo instituto. Ellas siempre estaban juntas, y al principio dudé a cuál cortejar, pero Adela fue siempre la primera opción.
Pero vuelvo al velero.

Los tres primeros días fueron plácidos en la navegación. Nos dejamos llevar por el aire que las velas recogían, y fondeamos en playas de islas tranquilas para darnos algún chapuzón. Aquellas no eran islas abandonadas, Ramón —el patrón—, conocía bien la zona. Yo veía a Ramón algo mayor para Sandra, se llevaban quince años y él superaba los cuarenta. Se conocieron en un viaje anterior —me contó ella días atrás—, y poco después empezaron a salir.

Al séptimo día de navegación tuvimos un problema en el motor y nos vimos obligados a fondear cerca de una isla pequeña, con playa y cocotero muy de película. Mientras los hombres nos metimos en el motor, ellas decidieron bañarse. Me sorprendió que Adela propusiera a Sandra nadar desnudas, que a ella le apetecía mucho, y que luego se fueran hasta la isla, a pasear entre las palmeras. Al mediodía, y con el motor sin arreglar aún, Ramón me planteó ir a buscarlas con el bote auxiliar, y bañarnos todos en pelotas en la playa, era una isla pequeña y estaba claro que deshabitada.

Se nos hizo tarde, y la puesta de sol fue espectacular. Decidimos pasar la noche en tierra firme, teníamos una tienda de campaña para casos como este. Cenamos, bebimos y reímos un montón. Pasada la medianoche, Sandra y Adela se perdieron en el palmeral para hablar de sus cosas.
Yo, cansado y un poco borracho, me eché a dormir dentro de la tienda.

Y esta mañana al despertar estaba solo. He salido de la tienda pensando que estarían bañándose, pero el velero ha desaparecido. He encontrado una nota, donde Adela me dice que se va con Sandra, el amor de su vida, y que no sufra, que algún otro velero pasará, más tarde que temprano.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Ostras qué palo el pobre! Me alegro de que Adela haya dado el paso de estar con el amor de su vida, pero hay formas y formas XD Buen relato con final sorpresivo


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