Alfonso se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que echaba de menos la lluvia. Llevaban días en esa esa isla maldita, bajo un sol justiciero y sin fuentes de agua dulce. A su lado escuchaba la respiración débil del Padre Javier. El mar les había arrastrado a ambos hasta allí. Más les hubiera valido morir ahogados. Hubiera sido una muerte más piadosa que la que ahora les esperaba.

Cuando cerraba los ojos aún podía notar la sal del mar en sus labios y el viento contra su piel. Su corazón se aceleraba al recordar el barco oscilando peligrosamente. Las olas elevándose por encima de la cubierta. La lluvia impidiendo ver un palmo más allá de su posición. Alfonso se consideraba un navegante experto, pero jamás se había enfrentado a una tormenta semejante.

Aún escuchaba los gritos de “¡Hombre al agua!”. Pobres hombres que sólo querían buscar fortuna en el Nuevo Mundo. Alfonso había sido consciente de que si el mar no les concedía una tregua ninguno de ellos llegaría a pisar esa tierra. Lo siguiente que recordaba era la oscuridad del agua dándole la bienvenida después de que una ola devorara al barco.

Abrió los ojos y volvía a estar en la isla, sin agua y sin apenas comida. Al menos habían encontrado un sitio donde cobijarse. Avanzando por la selva que cubría el interior habían hallado una pirámide de piedra. Alfonso apreció la sombra y la protección que les ofrecía frente a las bestias, pero el Padre no lo veía así.

El primer día que subieron por los escalones y entraron, al ver las paredes decoradas con relieves paganos, el cura se santiguó varias veces, clamando que sería una afrenta a Dios descansar rodeados de esa simbología hereje.

—Dejaos de supersticiones, Padre—le había espetado Alfonso entonces.

Pero quizás el Padre tenía razón. Tras ese día todo empeoró. El calor apretaba más y las frutas se pudrían estando aún en los árboles. Lo peor llegó cuando el Padre cayó de un risco mientras buscaba un manantial de agua. Alfonso a duras penas logró llevarle de vuelta a la pirámide. Mantenía la consciencia, pero su tos ensangrentada no era buen presagio.

—Don Alfonso…

Su voz sonaba ronca y cuando cogía aire se escuchaba un ruido sibilante. Lo único que podía hacer Alfonso era ofrecerle palabras de ánimo.

—Guardad fuerzas, Padre.

—Por favor, Alfonso… Ya no… no puedo… Por favor.

No era la primera vez que escuchaba esa súplica. Con cada respiración el Padre sufría más. Las palabras de ánimo de Alfonso ya carecían de cualquier esperanza.

—Por favor...

Sus ojos le suplicaban. Sería un acto de piedad, pensó Alfonso mientras sacaba su cuchillo. Fue rápido, como le gustaría que fuese su propia muerte.

Se arrodilló y rezó junto al cuerpo mientras la sangre manchaba la piedra. Mantuvo la cabeza agachada hasta que un trueno le sacó de su trance. El cielo se había cubierto de nubes negras, y cuando empezó a llover Alfonso se maravilló. Era el milagro que había estado esperando y por el que, sin saberlo, acababa de pagar.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 29 días

    Me ha encantado este relato, muy bien llevado con una más que interesante sorpresa final. Genial.

  • LadyArcher @LadyArcher hace 28 días

    @Jon_Artaza Muchas gracias. Tenía mis dudas con todas las veces que lo rescribí, pero me alergro que te guste.

  • Felix.B @Felixbel hace 27 días

    Muy buen relato, pero no puedo evitar pensar ¿que hubiera sucedido si Alfonso en lugar de extrañar la lluvia hubiera deseado ver una embarcación? Porque al parecer el sacrificar al padre le otorgó su deseo de lluvia.


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