Alejandro sonríe. Después de una vida de trabajo duro, por fin ha llegado donde se merece. A su alrededor, las nativas de la isla le rinden pleitesía. Varias de ellas se acercan a hacerle una pedicura primitiva. Otra le acaricia las orejas mientras le susurra en un idioma desconocido. Esto es vida. Al final tendrá que darle las gracias al cabrón de su hijo.

Le había criado con todo el amor y el dinero que tenía. Le había llevado a los mejores colegios, había contratado profesores particulares y niñeras. Quería que Felipe tuviera todo el cariño que su madre no podría darle nunca. Él no tenía tiempo para pasarlo con el niño, viajaba de continuo y siempre estaba lejos. Le llamaba todos los días para no perder el contacto. Al principio era cariñoso y se desvivía por contarle lo que hacía cada día en el colegio. Luego, cambió.

Alejandro se levanta del trono y los nativos le abren camino. Podría ordenar a alguien que le trajera un coco de los que crecen cerca de la orilla pero necesita estirar las piernas. Coge uno que acaba de caer, lo golpea con una roca y su sabroso néctar se desliza por su garganta como una bata de seda. Eso le recuerda al día que sorprendió a Felipe con su batín negro.

—¿Qué estás haciendo en mi cuarto? —preguntó Alejandro. Había llegado antes de tiempo para darle una sorpresa a su hijo.

—¿Ahora es tu cuarto? Pensaba que era una habitación vacía, porque nunca estás aquí —respondió el joven, petulante. Llevaba puesto su bata negra de seda, nada más.

—¿Vas a venir Felipe? Quiero que me lo hagas por detrás, como un… —Una chica joven asomó la cabeza. Miró al padre, le guiñó el ojo con descaro y volvió a la habitación agarrando al chico de algo que asomaba por el batín.

Alejandro se alejó, trastabillando. No quería ver más, no sabía qué hacer. Huyó.

Gime y da un manotazo a la nativa que está con su manicura. Le ha pellizcado y eso no le gusta nada. A veces hay que hacerse valer ante los de menor rango. No puedes dejar que se te suban. Como hace dos semanas. Su maldito hijo lo había engañado con un viaje en el yate. Pensaba que iban a volver a conectar, a recuperar el tiempo. Después, le había abandonado allí para hacerse con su empresa y su dinero. Se alejó hacia el horizonte entre carcajadas. ¡Cómo le odiaba por ello!

Al menos, tenía su cohorte.

Alejandro, demacrado y quemado, gime bajo el sol, sobre la piedra. Está rodeado de cangrejos violinistas que le pican los dedos y las orejas. Se mueven cuando él se mueve, arrancando trozos de su cuerpo sin descanso. Se hace un pasillo y sale del agua un gran cangrejo de dos metros y se dirige hacia él. Chasquea sus enormes pinzas con ansia.

Alejandro sonríe con lujuria ante la nativa y la saliva escurre por su cuello.








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