Ramón no deja de observarme. ¿Y sus modales? Estar muerto no justifica ser tan grosero. Esa mirada vacía me incomoda. Giro su calavera contra las hojas de palmera del improvisado refugio en la playa. Sí, así está mejor.

Lo encontré hace unos días sobre un matorral de madreselva que crecía al lado del riachuelo. Debe de llevar mucho tiempo ahí, pues sólo quedaba algún hueso castigado por el sol. En cuanto vi la calavera, tuve que llevármela.

Sí, es raro. Pero mi situación también lo es. No recuerdo cómo he llegado a esta isla desierta y Ramón consigue que no me sienta sola.

Ahora necesito dormir.

«Se hacía de noche. Yo observaba el mar que reflejaba un cielo de colores imposibles desde la cubierta del barco. Saqué la cámara para capturar el momento.

—Norma —me dije—, va a salir una foto preciosa.

Me moví para ampliar el encuadre. Entonces, a lo lejos, vi algo que no debería estar ahí».

Me despierto sudorosa. Casi es de día. Ramón me mira. Me incorporo desorientada, ¿no estábamos en el refugio?, ¿qué hacemos junto al riachuelo?

Esta isla me aturulla.

Hoy iré al este. Le prometo a Ramón que no tardaré y comienzo a caminar. Llevo buen ritmo pues quiero aprovechar al máximo el frescor de la mañana. De pronto un sonido extraño me hace detenerme.

«Escuchaba gritos, golpes. Los tentáculos de esa cosa zarandeaban y destrozaban el barco. Cerré los ojos y me agarré fuerte. No quería caer al agua. Si lo hacía, estaría perdida».

¡Cómo pasa el tiempo cuando mantienes la mente ocupada! A lo que me quiero dar cuenta, estoy sentada con los pies metidos en el riachuelo y ya es de noche de nuevo. ¡Me siento tan bien aquí! El río me reconforta. El frescor del agua, la paz. Esto es el paraíso.

Miro a Ramón, esta noche parece distraído.

Ramón, Ramón. Agito la cabeza. Algo no está bien en el nombre. ¿Qué es? Quizá el orden de las letras.

«El sol me quemaba la cara, la espalda, los brazos. Seguía agarrada a alguna parte del barco que flotaba en el agua. Cuando abrí los ojos solo vi océano».

Ramón… ¿y por qué Ramón? ¿y si es mujer? Me hace ilusión que lo sea. Estaría tan bien tener una compañera.

Debería preguntarle.

«Apenas estaba consciente cuando la isla apareció en el horizonte.»

—Oye, Ramón. —Aunque está oscuro puedo adivinar interés en sus ojos ausentes—. Eres mujer, ¿verdad?

Ramón asiente en silencio. Yo sonrío.

Por fin una compañera. Una amiga. Una parte de mí.

«Me desperté en la playa exhausta y sedienta. Me adentré en la isla. En cuanto escuché el agua correr aceleré desesperada y vi el riachuelo. Desfallecía con cada paso, pero estaba tan cerca… Casi lo tocaba cuando me quedé sin fuerzas».

¿Y si su nombre fuera Norma? Claro. Es Norma… ¡cómo yo!

«No era posible… No podía morirme...

Pero lo hice.

Y mientras mi mundo se oscurecía, todo a mi alrededor olía a madreselva».

























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