Cuando la tierra tiembla, Chioma sabe que tiene problemas. Se desliza por una de las costillas del strug y cae rodando al fango. Hay tormenta y su techo de ramas y hojas no consigue retener toda el agua. No recuerda un temblor similar desde el Gran Seísmo y pensar en ello le revuelve las tripas. Aunque la soledad pesa como una roca sobre sus hombros, Chioma no volvería atrás.

Se la considera una abominación de la naturaleza por nacer con su don. Aún recuerda el enfado de Bontu al enterarse de que era su opuesta: la enviada de la muerte. Cuando leyó en sus ojos que jamás la perdonaría. Chioma tampoco iba a perdonarle que eligiese sus creencias en lugar de lo que habían construido juntas. No olvidaría la fragilidad del amor ni el estallido de su corazón roto.

Aparta de un manotazo la enredadera que tapa la entrada y sale. El cielo descarga su furia contra ella y la empapa. Todo está repleto de charcos, pero Chioma los esquiva con la habilidad de quien lleva años en la práctica dejando atrás el esqueleto del strug. Cuando llega a la playa, las olas furiosas se lanzan contra ella entre rugidos, sin llegar a tocarla. El paisaje le trae recuerdos de un pasado que le provoca escalofríos.

Si se concentra puede escuchar a Bontu mientras caía a un vacío que ella misma había provocado. «Volveré a verte». Chioma odia que la idea le resulte atractiva y horripilante a partes iguales. Pero es imposible, Bontu está muerta. Irónicamente, la creadora de vida, la imee de la madre tierra, exterminó a millones de personas y criaturas cuando convocó el Gran Seísmo. Y todo para acabar con lo que veía como un obstáculo. No sabe qué ha sido del resto de las imee, pero con toda probabilidad la del aire aún vive. Si la del fuego también lo hace, no debe temerla. En la isla que habita todo está tan muerto como Chioma. Tan solo es una enorme extensión de lodo y esqueletos olvidados. Un cementerio.

Se acerca más a la orilla y otea el horizonte, inquieta, a la espera de que sea una pesadilla. Sin embargo, no tarda en ver una burbuja de agua surcando las olas. La imee acuática está viva. Incluso puede que la naturaleza haya reemplazado a sus enviadas para que vuelvan a cuidar del planeta. Conforme la burbuja se acerca a ella, Chioma recuerda el vacío en el pecho cuando Bontu alzó las manos, el dolor de sus músculos al aferrarse al saliente. Recuerda la marea tragándose a sus compañeras, los gritos de los animales que salían a la superficie cuando el fondo marino se elevó. Entonces las ve. La ve. Su cuerpo lleno de cicatrices y con un brazo menos, pero firme y orgullosa. Como siempre.

—Bontu —susurra, alivio y terror mezclados.

Los problemas han llegado y, esta vez, no hay lugar donde refugiarse.








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