Mientras Luis corría, los árboles quedaban atrás con una velocidad vertiginosa. Era sorprendente que no chocara contra ninguno, ya que era un chico de ciudad. Alguna vez había ido al campo, con amigos o para impresionar a alguna chica, pero no era donde se sentía más cómodo. Su lugar eran los bares, aunque ahora los maldecía. 

Para él todo sucedió ayer mismo, aunque no podía estar seguro. Iba al trabajo escuchando las noticias de la radio: al parecer la misteriosa isla de San Borondón volvía a aparecer en el mar y era visible desde La Palma. Estaba tan cansado de escuchar ese cuento de viejas que fue a cambiar la emisora. 

Un golpe hizo que se fijara otra vez en la carretera, seguido de un par de botes del coche. Paró y miró lo que había sido: un maldito lobo pardo se le había cruzado y le había pasado por encima. Quitó al animal del asfalto, ayudado de otro conductor que se detuvo a asistirle. El animal aún respiraba, pero le quedaba poco. Comprobó su vehículo y miró la hora: llegaba tarde al trabajo por culpa de ese maldito bicho. 

—Habrá que llamar al SEPRONA —comentó el otro hombre.

—Llame usted, yo llego tarde.

—¡Y yo también!

—Pues haga lo que quiera —respondió Luis, malhumorado.

Aliviado porque su coche aunque dañado, funcionaba, se fue de allí a continuar su vida. Al final, hasta tuvo un buen día. En el trabajo fueron comprensivos, incluso le dejaron salir antes para llevar el coche al taller. Esa tarde sus amigos fueron a recogerle y se fueron a un bar a pie de playa. Desde allí señalaban a la mágica isla, diciéndole a los turistas entre risas que aquello solo era un efecto óptico.

—¿El qué es un efecto óptico? —preguntó una joven de ojos verdes y salvaje melena negra, acompañada por un grupo de amigas, todas hermosas.

—Eso de ahí. Ven. Mira —contestó Luis, aprovechando la oportunidad para tocarla un poco más de lo necesario—. Esa isla, en realidad no existe.

El golpe contra el suelo al tropezar con unas raíces le demostraba, horas después, lo equivocado que estaba. Escuchó unos aullidos y miró atrás, intentando localizar el peligro. Al arrodillarse para ponerse en pie vio un gran lobo de pelaje negro, con unos hermosos ojos verdes, como los de aquella chica. La chica con la que se rió de la credulidad de la gente. Con la que bailó y bebió. Con la que hizo el amor en la playa. La que lo miraba dormirse mientras amanecía, y San Borondón empezaba a difuminarse.

Una manada de lobos empezó a rodearlo, encabezados por el lobo negro o, más bien, la loba negra. Él intentó levantarse, pero el miedo le paralizó. Suplicó a la loba, como si pudiera entenderle. El rugido expectante de los animales le mostró que sus súplicas eran vanas. Un lobo pardo se paró frente a él y mostró sus colmillos. Luis lo miró. Creyó conocerle.

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