Cuando Anchoberta se dio cuenta que ya no se encontraba en el mar el sol ya se estaba ocultando. Sintió la arena mojada acariciando su pantalón, Se paró asustada, le dolía todo el cuerpo. Estaba aferrada a un trapeador como si su vida dependiera de ello, le habían sangrado las uñas.

Se hallaba en una pequeña isla con algunas piedras que evitaban que las olas rompieran del todo. El agua era cristalina. No notaba el hambre, pero de todas formas se acercó descalza al mar, pese a que algo le dijo que no era buena idea. No tenía idea sobre supervivencia, pero vio un pez de y lo aplastó contra la arena con el trapeador.

--Si varado en una isla estás, y tu corazón quieres conservar, a ciertos peces no has de pescar—Le había leído su madre hace años. Las escamas del pez eran lilas, como las de los que habían pescado. Recordó algo. Pese a que el dinero nunca le había faltado, pronto escasearía en todo el pueblo. Se había unido al bote pesquero del señor Cangredo, dueño del restaurante vecino. Días después se hallaban lejos, se habían atascado entre unos arrecifes, pero sus redes rebosaban de peces lilas. Pese a ciertas advertencias de los más religiosos, se disponían a salir de aquel lugar con el tesoro, pero de debajo de los arrecifes salieron alaridos espantosos. Luces y relámpagos salieron del agua. No lo pensó mucho, se escondió en un barril con trapeador en mano.

Algo no le cuadraba de aquel recuerdo. Pudo haber sido cualquier cosa. Ella no era religiosa. Recordó el miedo que sintió, aunque tuvo algo de curiosidad, sus ganas de vivir siempre habían sido más. Apartó los recuerdos, ya que al faltarle algo, solo se estresaba más. Sostuvo el pescado, no sabía cómo cocinarlo. A su corta edad, había ayudado mucho en casa, pero la cocina siempre era algo de sus padres, ya que estos manejaban un restaurante. Se le ocurrió que podría iniciar un fuego con el trapeador de madera, pero no sabía cómo hacer eso. A pesar de ello no perdió la esperanza, saldría de allí. Se dispuso a buscar unas piedras para iniciar una fogata como en los cuentos que le leía su madre.

De golpe el agua de la orilla se enfrió, su reacción fue saltar hacía la arena, y recordó que les había pasado a sus compañeros.

Se oyeron pequeñas explosiones cuando los que sabían nadar saltaron por la borda para refugiarse sobre los arrecifes. El barco se estrelló y cuando ella cayó al agua vio a sus compañeros hundiéndose como si algo los jalara, poco después despertó allí. Nadie iría a salvarla, todos estaban muertos. De pronto observó que del agua se asomaba una cabeza con una medusa como sombrero. Caminó hacia la criatura, Anchoberta creía en historias. “La realidad me atormenta, ayúdame”, pensó.  Se acercó hasta estar cara a cara. Casi parecían entenderse.

Los cabellos de la medusa resplandecieron al abrazarla, envolviéndola con su calor para siempre.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Mclean @Mclean hace 15 días

    El texto, aunque creo que está estructurado bien, no cumple una de las reglas del concurso, que es hacer seis acotaciones, tres dicendi y tres no dicendi, como minimo. Yo no encuentro ninguna dicendi...


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