Masticado pero no tragado, escupido por el mar como madera de deriva en esta playa olvidada dónde desperté tras la tormenta. Recuerdo la calma antes de que la tempestad, como una bestia, me lamiera con sus hambrientas olas de la frágil seguridad del Ametsa, mi barco. Antes de reclamarlo y hundirlo para siempre en sus profundidades revivo ese momento desde la confianza de sentir la arena entre mis dedos, intentando ordenarlo dentro de mi cabeza. “¿Realmente alguien gritó hombre al agua?” Sentí como si mi cuerpo golpeara contra las rocas. Tomé aire antes de que el peso de mi ropa mojada me lastrara hacia el fondo. Angustiado, abrazado por las oscuras aguas, sin más fuerzas para luchar, me rendí. Bajo la mirada de un gigantesco ojo que me juzgaba desde el abismo antes de perder la conciencia. Como en un delirio, seguro imaginé que al igual que un santo era tragado y salvado por un enorme monstruo marino. El leviatán cuida de mí es lo que me digo cada día al encontrar comida y peces esperándome en la playa junto a todos los demás restos de naufragios.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar