Innis mira al cielo. En aquel mundo cuyo sol murió, la negrura reina en la noche eterna del firmamento. Se encuentra varada en una isla desierta, apenas un pedrusco que flota en el aire sobre la inmensa oscuridad conocida como La Profundidad. Desde que el mundo fue destruido es todo cuanto queda: varias islas de diferentes tamaños que deambulan como un enjambre de insectos moribundos.

Innis está atrapada en una de ellas. Flota sin rumbo. No recuerda cómo ha llegado hasta allí y ni sabe cómo escapar. Pero una forma en el cielo, una estrella que titila tímida en una pugna fútil contra las tinieblas, aviva su memoria.

Unas horas atrás, la Canción Estelar surcaba el cielo. Era un deslizador de reconocimiento equipado con los motores de vapor más novedosos. Su bolsa de gas estaba reforzada con los tejidos más resistentes, y su góndola tenía a cada lado tres cañones de repetición. Esas armas eran el orgullo de Tesalim, una de las islas-Estado más importantes, y también en numerosas ocasiones fueron el seguro de vida de los tripulantes de la nave.

—¡Nos persiguen! —rugió una voz femenina que sonó como un trueno—. ¡Es un dragón!

Y así era. Un dragón resplandeciente, de escamas blancas como la porcelana, osó romper el manto de jirones negros que cubría todo el cielo. Sus dos alas azuladas se batían con rapidez; con cada aleteo enviaban corrientes huracanadas que hacían que la nave se balanceara peligrosamente. La piloto tuvo que hacer acopio de toda su destreza para mantener a la Canción Estelar en el aire.

—¡Es otro de esos malditos bichos! —gritó la capitana de la nave desde el puesto de mando de la góndola—. ¡Abrid fuego! ¡Fuego a discreción!

Los proyectiles no se hicieron esperar. Los seis cañones de la Canción Estelar empezaron a escupir su furia como bestias encabritadas. Las pesadas esferas de cristal volaban y disipaban las sombras con su luz verdosa hasta llegar al cuerpo escamoso del reptil. El animal comenzó a brillar con un halo de energía del mismo color que las balas que laceraban su cuerpo, y toda la tripulación comenzó a entonar vítores al unísono.

No esperaban que de las fauces de su oponente brotara un rayo energético de tal potencia que no necesitó más que un instante para pulverizar la Canción Estelar. Sin embargo, el esfuerzo hizo que el dragón se precipitara contra un islote. El impacto estuvo a punto de destruirlo, pero por suerte solo lo agrietó.

Al recordarlo todo, Innis suspira. Odia matar humanos. Siente cómo la magia vuelve a pulsar por sus venas draconianas, aunque no lo suficiente para transformarse. Pero el cráter que la rodea le ofrece la salvación, pues está lleno de pequeñas esquirlas de cristal. La esperanza brota en su corazón monstruoso, pues quizá, si las recolecta todas, consiga la esencia suficiente para marcharse de aquel lugar lúgubre en mitad de la nada. Tras una oración por los tripulantes de la Canción Estelar, se pone manos a la obra.








Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar