Las estrellas se apagan sobre nosotros. El sol no tardará en aparecer y calentar mi cuerpo inmóvil en la arena. No me quedan energías después de tres días en este pedazo de tierra en mitad de ninguna parte. Ni siquiera tiene árboles bajo los que cobijarme. Sin agua ni comida sé que no nos queda mucho. Cierro los ojos y respiro hondo intentando no pensar en como mi estómago se retuerce, voraz. Si no hubiéramos ido a aquella maldita fiesta...

—¿Cuándo atracamos de nuevo? —grito desde el asiento.

Nadie me hace caso, la música está tan alta que ni yo me escucho. Me pregunto qué hago aquí. He acompañado a Miguel por su insistencia, pero he perdido su pista antes, incluso, de subir a bordo. Demasiada gente, demasiado ruido. Alcohol, drogas y ruido en un barco que navega por el Atlántico. No es el ambiente en el que me siento cómoda; no me gusta y menos en mi actual situación.

Me levanto y voy en su busca. Tengo que hacerlo, tengo que encontrarle y decirle la verdad. Sé cómo va a reaccionar, pero tiene que saberlo. Tenemos que pensar en qué va a ser de nosotros. Me cuesta caminar entre tanta gente y me acerco a la barandilla, a la que me cojo con fuerza. Estoy algo mareada y todo ha empezado a dar vueltas. ¿Es por el barco? ¿Por el calor? No lo sé pero me tiemblan las rodillas y me cuesta mantenerme erguida. El suelo se separa de mis pies un instante y el estómago me da un vuelco. A mi alrededor la gente grita por encima de la música, emocionada. Algo hace saltar al barco de nuevo y mis dedos resbalan de la barandilla metálica. Veo todo ponerse del revés, ¿o soy yo quién está boca abajo? Tras un golpe el agua helada me envuelve. Siento el silencio rodearme y las burbujas explotar a mi alrededor antes de lograr salir a la superficie. La música llega hasta mí y grito pidiendo ayuda mientras braceo intentando mantenerme a flote. Nadie me oye. Nadie me ve. El barco continúa su camino mientras el sonido de la fiesta se apaga. Nado tras ellos en un intento ridículo de alcanzarlos. Una ola más grande que el resto choca contra mí, me hunde y noto el agua salada bajar por mi garganta mientras lucho por volver a sacar la cabeza. Cojo un poco de aire justo antes de recibir un nuevo golpe de mar. Mi cuerpo empieza a girar sin control; pierdo la noción del arriba o abajo y, por un momento, mis dedos rozan una arena fina que desaparece a la misma velocidad que el aire de mis pulmones. Pataleo y logro impulsarme. Un pequeño montículo sobresale del océano frente a mí y nado hasta él. Sin aliento me tumbo en la arena, rezando porque me encuentren. Y aquí sigo, tres días después, rezando.

—Porque nos encuentren —murmuro, con los labios agrietados, al acariciar la barriga donde deberías estar creciendo.

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