Despiertas. El olor punzante de la vegetación que te envuelve te deja sin aliento. Te preguntas dónde estás y a dónde han ido a parar tu mesita de noche y el triste flexo que corona el cielo de tu habitación. Donde sea que estás no hay techos. Ni paredes. Solo aire y un verde tan brillante que te ciega. Te incorporas con dificultad y es entonces cuando te percatas del dolor bajo ambos brazos, a la altura del hombro y que desciende por las axilas hasta el pecho. Un dolor que te atraviesa y te hace apretar los dientes. Algo te ha desgarrado la camisa y ha penetrado en la carne, lacerándola hasta el hueso. Te levantas apretando puños y mandíbula para mantener a raya la confusión y el pálpito insistente de la herida. Caminas sin decisión, tambaleándote, hasta abandonar el bosque de helechos y palmeras y pisar la arena blanquísima de una playa. Una ola furtiva te besa los pies desnudos y descubres entonces que hay un mar que se extiende, azul e infinito, más allá del horizonte de tus ojos. Sigues el borde que traza la orilla hasta darte de bruces con un acantilado. Vuelves sobre tus pasos, pero es lo mismo. La realidad, inmisericorde y cierta, te golpea. Estás en una isla. 

¿Desierta?

—¡Eo! —gritas.

Una salva de «eos» te devuelve la llamada.

Desierta.

Estas solo.

Llega hasta ti el rumor de un aleteo y un graznido.

Y recuerdas.

Quisiste ser un dios. Jugabas a serlo en tu laboratorio de millones de euros. Desafiaste a la historia y a la magia. «Dragones», te decías, mientras trabajabas la matemática imposible de los genes para crear una especie inexistente. De algún modo, funcionó. Lograste recrear las garras de acero y oro tan largas como la hoja de una daga, los ojos vidriosos, las escamas duras y brillantes, la aerodinámica perfecta para mantener en vuelo a aquellos titanes de fuego.

Del mundo no queda ya nada, recuerdas también con un abrir y cerrar de ojos espantado.

Los dragones te agarraron al vuelo y te llevaron al sitio en el que ahora te encuentras, a esta balsa de tierra que pervive en la inmensidad del océano.

Oyes un batir de alas que sacude los árboles y hace temblar el suelo. Notas el movimiento del aire en cada centímetro de la piel. Algo que no es del todo graznido y que se asemeja a un grito desesperado rompe el horizonte.

«Ya vienen», piensas.

Te haces una bola sobre la arena y dejas que el agua fría te acaricie por vez última antes de sentir la sombra agrandarse sobre ti.


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