La rutina es lo único que se interpone entre Astato y la locura. Por eso está sentado en la arena cenicienta de la playa con una piedra en la mano, bajo un cielo que nunca cruzan aves. En el agua que rodea la isla tampoco hay animales que puedan recorrer mucha distancia. El Gremio hace bien su trabajo, y se han asegurado de evitar que se vincule a ningún ser vivo para escapar. Se concentra en el pedrusco. Un soplido le basta para convertirlo en una naranja.

«Un soplo de vida para despertar lo exánime».

No está dispuesto a olvidar. Ni a perdonar. Así que huele la fruta y se obliga a rememorar el juicio. La sala está atestada de miembros del Gremio y por las ventanas abiertas el aroma de los naranjos se cuela desde el jardín.

—Astato Cambiaesencias, se te acusa de traición…

—Pero qué mal os ha sentado mi cambio de intereses.

Magister Albo continúa, como si no le hubiera escuchado.

—Robo.

—¿Lo del Libro Negro? Me hacía falta para un asunto. 

—E intento de rebelión. 

—Ah, sí, ese asunto. 

—Por suerte llegamos a tiempo. Los muertos siguen muertos, y tú te has quedado sin tu ejército de resucitados. Siempre fuimos un paso por delante, traidor. —Astato sigue la mirada del magister hasta la niña sentada junto al estrado—. Nuestra querida Myriana nos informaba de todos tus pasos. 

Había sido un idiota al acogerla, pero le recordaba tanto a su hermana. A su otra mitad que, a pesar de llevar años muerta, es el centro en torno al que gira su existencia. Y también la razón por la que está allí encadenado.

—¿Algo que declarar antes de que se dicte sentencia?

«Que sois una panda de asesinos. Que matasteis a una cría solo porque temíais su poder. Nuestro poder. Porque juntos éramos invencibles. Así que os deshicisteis de ella, solo por ser más fuerte, o por su temperamento imprevisible. ¿A quién transmutaciones le importa? Mientras me quede un soplo de vida lo dedicaré a haceros pagar por ello». 

Se traga el odio, aunque duela, y le aguanta a Albo la mirada.

—Está bien. El Gremio te condena al destierro eterno en las Islas Olvidadas. —Un movimiento de brazo del magister hace que un agujero se abra frente a Astato—. Acabemos ya con esto. 

Los guardias le lanzan al interior. Un instante después, aterriza de cabeza en la maldita isla desierta, sobre cuya arena olisquea una naranja siete años después. Aún la sostiene cuando se sumerge en el agua y libera todo el aire de los pulmones.

«Un soplo de vida para mostrarle el camino».

Los del Gremio son tan soberbios que nunca se plantean la posibilidad de equivocarse. Un ejército de muertos. ¿Para qué, si una única alma es suficiente? Como cada día, su llamada viajará por el océano. Antes o después, ella responderá y vendrá a buscarle. Pudo sentirla antes de ser apresado, está seguro. 

El agua reverbera a su alrededor y hace que su corazón se estremezca. Astato sonríe. Parece que, por fin, esa mañana no será como las demás.

«Bienvenida, hermanita».

Comentarios
  • 1 comentario
  • L_Goimil @L_Goimil hace 29 días

    —Robo.

    —¿Lo del Libro Negro? Me hacía falta para un asunto.

    —E intento de rebelión.

    —Ah, sí, ese asunto.

    Pero qué bien me cae jajaja. Me leería una novela entera.


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