Una vez más, me despierto temblando. Aunque duermo sobre mi lado derecho, no deja de estar helado. La ropa llena de agujeros apenas me abriga y la reacción química que calentaba su forro se ha agotado. Como una burla, el sol aparece delante de mí. Su calor me queda demasiado lejos.
Me vuelvo a tumbar en la roca dura. ¿Cuánto más podré aguantar sin agua? El reloj de mi muñeca dice que tomé el último sorbo hace cincuenta horas. Si pudiera, reiría ante la ironía: estoy rodeada de hielo y debajo del suelo hay tanto combustible como para abastecer a la humanidad durante décadas. Sin embargo, la sed y el frío me consumen.
—¿Por qué no me dejasteis morir con vosotros? —Mi mente grita con toda la rabia que siento, pero mi voz es un susurro.
Por supuesto, nadie me responde. Ninguno de mi compañeros llegó a pisar esta isla. En cuanto la divisamos, los titulares empezaron a bailar en nuestras cabezas: «Prodigio tecnológico: cinco jóvenes cadetes exploradores resuelven la escasez energética.». Nos creíamos invencibles. Sin embargo, antes de poder celebrar, un rayo abrió la parte inferior de nuestra nave como un pez al ser destripado. Sin mediar palabra, me empujaron al vacío. Eran las órdenes: un plan de emergencia que nos aseguraron que no necesitaríamos. Así nos dimos cuenta: éramos frágiles y yo era la única que tenía oportunidades de sobrevivir para documentar nuestro descubrimiento. El ejército había gastado una pequeña fortuna en mi brazo y pierna izquierdos: extremidades mecatrónicas que analizarían el entorno y enviarían la información. Mis compañeros, aunque también modificados, no estaban tan bien preparados.
No sé cuánto tiempo estuve a la deriva ni cómo aquella tormenta no me mató. Solo abrí los ojos cuando el viento dejó de zarandearme. Había llegado al destino. ¿Y para qué? Sin equipo de excavación y sin compañeros todo había sido en vano. Envié una señal de socorro y empecé mi espera: horas con la mirada fija en el horizonte para no perderme el rescate. Al segundo día, el led de mi emisor empezó a parpadear. ¡Habían recibido la señal que transmitía mi posición! La luz roja me hizo compañía durante seis días. Cuando se apagó, mi esperanza lo hizo con ella. Ni el sol ni las estrellas habían cumplido mi deseo.
En medio del universo, abro los ojos por última vez. Contemplo el cielo de este planeta tan diferente a la Tierra, tan falto de significado. Rodeado de asteroides congelados, su sol es apenas visible durante unos cuantos minutos. Su atmósfera, tan densa que apenas unas cuantas islas pueden flotar en ella. Un planeta frío y temperamental donde la vida no tiene ninguna posibilidad: ni siquiera híbridos como nosotros pudieron sobrevivir.
Mientras me hundo en la inconsciencia, oigo un sonido que sale de mi brazo izquierdo:  «Mensaje pregrabado: Gracias, cadete. La unión terrestre de empresarios valora altamente su sacrificio. Con los datos proporcionados, pronto podremos visitar el planeta PSR-B1640-27b de forma segura para extraer su energía.».

Comentarios
  • 1 comentario
  • ELEEA B @eleea hace 3 meses

    Una historia realmente buena. Creo que hay que escuchar a tu voz todo el tiempo.


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