Caminando por la orilla golpeó algo que sobresalía de la arena. Identificó la botella de bourbon del piloto, vacía ya cuando Adrián despertó. Pensó en que la noche anterior hubo luna llena, y recordó cómo pudo verla resplandeciente al sexto día de llegar. Sacó la libreta de la bolsa y confirmó: treinta y cinco días allí. Entonces hacía treinta y nueve que había dejado su hogar, junto con su esposa, para esa segunda luna de miel.
—Tengo un regalo extra, amor —dijo en la cena María, sacando un folleto de su bolso.
Adrián leyó intrigado: “Vuelo panorámico sobre las paradisíacas islas del archipiélago” “Siéntase un aventurero sobrevolando islas vírgenes, jamás pisadas por seres humanos”.
María sonreía.
—Sé que te encantará, es un biplano, como las aventureros, como el gran Félix Rodríguez de la Fuente. ¿Le adorabas, no?
—Si, de niño —dijo Adrián—. Pero, odias volar...
—¡Es solo para uno, amor! Yo me quedo en el spa —sonrió y dio otro sorbo al daikiri.
A la mañana siguiente le trasladaron del hotel al aeródromo. El piloto y el avión parecían haber pasado tiempos mejores, probablemente el uno sin el otro.
—Buen día para volar, ¿no cree? —dijo el piloto mientras soltaba un macuto marrón en el interior de la avioneta.
—Si, claro. Estoy emocionado.
—Suba, hay hueco en pista de despegue.
Adrián se sentó dispuesto a disfrutar de su regalo sorpresa, de una de las ilusiones de su vida, un viaje en avioneta sobre las islas del Pacífico Sur.
Tras un rato absorto, fotografiando por la ventana, oyó maldecir al piloto.
—¡No me jodas! ¡Maldito cacharro!
Lo siguiente fue trepidante: humo por el lado del piloto, una gran sacudida y bajar, bajar muy rápido. Luego un golpe.
Despertó por el graznido de una gaviota, tirado en la orilla del mar. Cerca, a la sombra de una palmera, el piloto estaba sentado mirando al mar, con el macuto abierto junto a él.
—¿Esta bien? —preguntó Adrián acercándose.
—¿Bien?— Lo miró como si no supiera quien le hablaba, como si hubiera olvidado que llevaba un pasajero en su avión. —Pues no. La avioneta esta hundiéndose, y nadie nos encontrará aquí. Nadie pasa nunca por aquí.
—Pero la caja negra, las balizas y esas cosas... ¿El plan de vuelo? —preguntó nervioso.
—Esto es una república bananera, y su esposa contrató al mas barato.
Adrián se giró hacia el mar, distinguió el perfil de la avioneta hundiéndose cada vez mas en el agua.
—Lo siento amigo, siempre he temido este final, se queda solo —dijo el piloto antes de que Mario se girara. Lo hizo justo para que la sangre y los sesos de ese pobre loco le salpicaran la cara. La mano cayó a plomo sobre la arena, sosteniendo aún la pistola con la que acababa de quitarse la vida. Junto a la otra mano, una botella vacía. 
Tras unos segundo, la cogió con rabia y la lanzó, quedando a escasos metros de la orilla. Tampoco ella saldría de esa isla.

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