Alcanzo por fin la cima de la montaña entre resuellos. Me siento en una de las rocas, cálida por la exposición al sol, y echo un vistazo alrededor. Mar, mar, y más mar. ¿O será océano? Qué importa. El caso es que estoy sola. Al fin. 


* * *


—¡Mamáááá! ¿Dónde están mis zapatillas? 

—Ay, Miriam, tú sabrás. ¿Has mirado en su sitio? 

Era la tercera vez que las perdía esa semana. Lo próximo sería ponerles un GPS.

—¡Sííí! ¡Y no están…! No importa, ya las encontré. 

Cómo no. Obviamente podía haberlo solucionado sola. Pero había que molestar a mamá por enésima vez en la mañana. Y así todos los días. Durante años. 

—Sonia, ¿has visto mis llaves? 

Creeríais que una mujer hecha y derecha no necesitaría que su pareja le encontrase las llaves. Pero al parecer en esa casa yo era la única que sabía dónde estaba todo. 

—Cariño, ¿estarán en tu bolso? 

Ruido de papeles, plástico… y de llaves. 

—¡Tenías razón! —Lo sabía—. Nos vemos en la cena, salgo pitando. ¡Te quiero! 

—Yo también te… 

El portazo ahogó el final de mi frase. 

—… quiero. ¡Miriam! ¡Martín! Salimos en cinco minutos. ¿Estáis listas? 

—Martín aún está desayunando, mamá. 

Por el amor de los dioses. No había día que saliéramos a la hora. 


—Sonia, ¿tienes tú el informe de gastos? 

—Sonia, ¿a qué hora es la reunión? 

Ni que yo fuera la secretaria de todo el mundo en esa empresa. Una llamada más y explotaría. 

—Sonia… 

—¡Me voy a fumar! —solté cogiendo la chaqueta y saliendo mientras ignoraba las miradas inquisidoras de «pero esta desde cuándo fuma». 

Desde nunca, y no iba a empezar aquel día. Pero sabía que crearía menos preguntas que «me está dando un ataque, necesito un descanso». 

Para colmo, en cuanto salí a la azotea se puso a llover. «Ojalá estuviera en una isla desierta en el Caribe». 

—¿De veras es eso lo que deseáis? —escuché una voz tras de mí. 

—¿Quién…? ¿Cómo…? 

Juraría que estaba sola cuando entré. Y no conocía a la mujer bajita que me miraba sin parpadear. ¿Era nueva en la empresa? 

—Tique, a su servicio —añadió ofreciendo la mano para saludar—. Creo que estáis deseando un merecido descanso. Os lo podría proporcionar. 

Se quedó así, con el brazo estirado. Me pareció de mala educación no estrecharle la mano. Así que di un paso al frente y se la agarré, blanquecina. En cuanto entramos en contacto una leve descarga recorrió mi cuerpo. Cuando volví a parpadear, ya no estaba en la azotea de mi empresa. 


* * *


—¡Tique! ¡Tique! 

Grito una y otra vez tratando de llamar la atención de la diosa. Pero no responde. 

Llevo ya más de una semana en este islote, y de veras necesito volver a casa. Al principio agradecí la paz y la falta de responsabilidades. Como pequeñas vacaciones ha estado bien. Pero no sé dónde estoy. Tengo hambre y necesito una buena ducha de agua caliente. Quiero volver a mi antigua vida. 

Comentarios
  • 1 comentario
  • ELEEA B @eleea hace 17 días

    Muy bueno... ja, ja, al final la rutina diaria se hecha de menos...


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