Santi se encuentra sentado con los pies en remojo.

El sol pica fuerte y tuesta su piel. Va sin camiseta, no sabe dónde la ha dejado, ni le importa ya. Está despeinado, con la barba mal afeitada. Tiene sed pero se encuentra sin fuerzas para levantarse. 

Ha perdido el hambre y la noción del tiempo. Tampoco habría podido comer nada: lo único que le queda son unas pastillas para dormir.

Está solo. Totalmente solo. Y ya ha perdido toda esperanza de salir de este lugar.

Santi siempre había creído que su vida era perfecta. Un trabajo envidiable, un círculo social amplio, una familia amorosa que le apoyaba en sus decisiones, un buen aspecto físico y un carácter agradable. Cuando pagado la entrada de la hipoteca de su casa con piscina, con apenas treinta años, se había sentido más que afortunado. 

Sin embargo, Santi siempre había sabido que faltaba alguien.

—¿Quién es?

Una conocida de un compañero de su amigo.

Había pasado de estar lejos a estar cerca. Una mirada azul como el mar, una risa juguetona, constelaciones infinitas dibujadas en sus mejillas. 

De no ser nadie a serlo todo. Invitarla a un café, a una cena, a pasar el puente juntos. A verse un, dos, tres y todos los días de la semana. A ayudarla con el alquiler porque ese mes no llegaba, a invitarla a su casa a vivir sin pagar nada. A prestarle el coche y su tarjeta de crédito. 

Y de serlo todo pasó a doler demasiado.

—¿Quién es?

Un número se repetía demasiado en la factura telefónica. Un amigo, nadie más. Una duda, una discusión, una confesión: llevaban meses viéndose en secreto. Para ella, Santi no era nada serio. Él había insistido siempre en pagarle los caprichos y ella se había dejado querer.

Santi sigue sentado con los pies en remojo.

Imagina que es mediodía, porque el sol se encuentra en lo alto. La piel le duele y sabe que se está quemando. Debería apartarse del sol y buscar cobijo.

¿Pero qué más da?

Está atrapado en este lugar. Este terreno, esta construcción blanca, con el jardín bien cuidado y una piscina azul como el mar. Antes se sentía el dueño de su propia isla paradisíaca, ahora se siente atrapado en una isla desierta. 

Ella le ha absorbido, hasta que no le han quedado apenas amigos. Su familia no comprende cómo le ha engañado así y no saben cómo ayudarle. Su trabajo pende de un hilo porque no para de cagarla por la falta de sueño.

Lo único que Santi sabe es que no puede salir de esta isla. A su alrededor solo hay mar y su bote no tiene remos.

Así que, como un náufrago desesperado bebiendo agua salada, Santi se termina de golpe el pote de pastillas, deseoso de soñar que ella vuelve y le saca de esta isla desierta.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Felix.B @Felixbel hace 3 meses

    Realmente acertada esta alegoría, la depresión es estar cautivo en una isla desierta, sin esperanzas, sin ánimos de nada. Realmente me tocó el corazón.

  • Hola, me tocó comentar tu relato en esta ocasión. La verdad es que me alegra mucho que te tomarás a bien lo que te puse. Al final son opiniones personales sobre un relato concreto que no desmerecen tu calidad como escritora y lo que a mí me parece revisable, a otras personas puede no parecerselo. Comparto que igual sí era muy arriesgado tratar este tema en un microrrelato, igual si hubiera tenido algo más de trasfondo o hubiera habido más espacio para la crítica no me hubieran saltado las alarmas.


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