Despertó. Ya no recordaba cómo había llegado a aquella isla. Ni qué día era. Ni su propio nombre. El mar se deshacía ola a ola en la arena y, al contemplarlo, se sintió invadido por una extraña calma.

En su mente alborotaban imágenes de su vida anterior. El avión en caída libre. Los gritos. Una foto de su familia que solía guardar en el bolsillo de la camisa. ¿Cómo eran sus caras? Trató de concentrarse en ellas. Su mujer. Sus hijas. En su maltratada memoria no lograba distinguirlas.

Echó mano a donde debía estar la fotografía y halló tan solo jirones de tela sobre su piel. Costaba creer que aquellos harapos habían sido alguna vez una camisa.

Sentado en la playa, miró a su alrededor en la luz del amanecer. Estaba rodeado por arena blanca que en unas horas quemaría como un hierro candente. No había rastro de ningún accidente aéreo. Ni partes del fuselaje, ni un paracaídas. Nada.

Trató de concentrarse en la isla. Encaró la línea de palmeras que delimitaban la playa. Ah, sí, había una cascada hacia el este. Y un cocotero hacia el oeste. Recordó de pronto lo deliciosos que eran sus frutos. Eran capaces de calmar la sed y el hambre y el sueño y la angustia de estar solo en aquella isla.

Se adentró en la espesura y caminó guiado por impulsos. Tropezó con raíces y dio varias vueltas en círculos. Hasta que por fin dio con él.

La columna velluda del cocotero se erguía majestuosa entre los otros árboles. Tenía anchas y picudas hojas que arrojaban una agradable sombra. Se dio cuenta de que no era un cocotero normal por el tamaño de la palmera y el número de frutos, pues se contaban por centenares.

Y entonces le vino a la mente. No, no era un cocotero normal. Ahora lo sabía: su néctar era prodigioso. Un trago para recordar. Dos tragos para olvidar. Trepó por el árbol hasta que logró alcanzar un coco que partió con avidez.

Dio un primer sorbo largo y ansioso. Y con él, volvieron los recuerdos.

Al principio habían sido solo unas reuniones inofensivas en casa del imán. Después, lo habían convencido de hacer algunas pequeñas misiones en nombre de Alá. Al final, se había visto completamente a su merced, hasta el punto de que eran las vidas de su familia o las de los pasajeros de aquel avión.

Ahora sí recordaba sus rostros. Y sus nombres. Malika, Jamila, Layla. Se avergonzaba de lo que había hecho, de lo que ellas pensarían.

Con lágrimas en los ojos, dio el segundo trago sabiendo que olvidaría sus caras, pero también la culpa. Como cada día todos los días desde que llegó a aquel purgatorio.

Caminó hasta la playa. El mar se deshacía ola a ola en la arena y, al contemplarlo, se sintió invadido por una extraña calma. Ya no recordaba cómo había llegado a aquella isla. Ni qué día era. Ni su propio nombre. Se durmió.













Comentarios
  • 4 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 3 meses

    Lo más irónico esta vez es que lo hayas etiquetado en "realismo" :D

  • Jajajaa sí, se me fue la olla!! Es que no suelo tratar historias tan duras. Efectivamente este no tiene asomo de ironía

  • Felix.B @Felixbel hace 3 meses

    Duro relato. Me siento tentada a darle al corazoncito pero significa eso que empatizo con el terrorista o que empatizo con tu trabajo de escritora? Psicologicamente un desmadre.

  • Gracias por tu comentario!! Es un placer haberte llegado al corazón, aunque sea un desmadre ;)


Tienes que estar registrado para poder comentar