Vivir en una isla desierta no es como ir a Supervivientes o pasar unas vacaciones paradisíacas en un lugar de ensueño, te lo puedo asegurar. Suena idílico pero no lo es. Llevo aquí trescientos cincuenta y ocho días y las mismas noches y sé de lo que hablo. Los primeros momentos fueron terribles pero conseguí adaptarme. Aun así, solo pienso en la manera de irme para regresar a la civilización.

Desde que llegué he explorado cada palmo de este lugar con la esperanza de encontrar a otro ser humano o, mejor, a muchos de ellos. Estoy completamente solo. Suelo mirar el cielo en busca de alguna señal pero aún no he visto ninguna. Ni siquiera el tráfico aéreo pasa por aquí. Mi única esperanza es que algún barco se acerque a la isla por casualidad. De lo contrario me veo pasando aquí el resto de mi existencia.

Cuando miro el letrero de mi salvavidas, Eolo, no dejo de sentir una enorme nostalgia, tan profunda como una puñalada en el corazón. ¿Qué habrán hecho esos desalmados con mi velero?

Aquella noche había cenado temprano y me había dado el capricho de beber un trago de ron recostado en el asiento de cubierta. No los vi llegar. Tampoco los oí. Estaba claro que no era su primera incursión en un barco ajeno. Me ataron y amordazaron y me dejaron encerrado en uno de los camarotes durante un par de días. La segunda noche se desató una de las peores tormentas que recuerdo (y había pasado unas cuantas desde que zarpara de Ciutadella ocho meses antes). Supliqué infructuosamente que me sacaran de mi encierro. No hubo respuesta. Los oía maniobrar por cubierta, así que busqué la manera de cortar mis ataduras. La desesperación por salvar la vida nos obliga a realizar acciones increíbles y yo, que era un pobre diablo, me las arreglé para desatarme, ponerme un salvavidas y saltar por la borda en una acción desesperada. Lo demás está borroso. Al día siguiente amanecí medio muerto (de la misma manera que el protagonista de una serie B) en la orilla de una playa exhuberante pero desierta.

Desde entonces vivo obsesionado con la venganza. Reconozco que tuve mucha responsabilidad en lo ocurrido. Lo he repasado al menos un millón de veces (no es que aquí haya demasiadas distracciones) y sé que nunca debí acercarme a las costas de Somalia. La piratería es muy común por esta zona y un tipo con un barco de lujo que navega solo es un caramelito muy dulce...

—¡Un velamen! —grito y me tapo la boca. Debo ser precavido por si las moscas. No me han oído.

Me acerco. Están en tierra. Aprovecho la situación y subo al barco. Levo anclas y arranco a motor. ¡Cómo me gusta sentir la brisa en el rostro. En la playa se desata la guerra. 

—¡Bye bye guys! —grito agarrado al timón con fuerza. Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Imagino cómo me verán desde la playa. Un velero llamado Eolo con las velas plegadas.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 3 meses

    Al final tuvo su venganza XDDD Mirá, el tuyo también va de piratas, pero más moderno.

  • ELEEA B @eleea hace 3 meses

    Sí, sí. Es que los piratas dan para mucho XDDD


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