El mundo está lleno de gilipollas, pero si estás en una isla desierta no tienes que aguantar a ninguno de ellos.

Se tiene la idea de que es caer en un lugar como este es sinónimo de ir en taparrabos, dejarse crecer la barba a lo hípster y hablar con balones de voleibol. En mi caso no es así. Aunque no he venido arrastrado por un naufragio ni busco encontrarme a mí mismo. Estoy aquí por trabajo. Soy agente de V.E.R.M.Ú.



—No hagas ninguna tontería. —Mi coordinador revisa un código en su tablet.

—Descuida, joder. —Termino de hacerme el nudo de la corbata y me abrocho el primer botón de la chaqueta.

—Es una misión de reconocimiento. Vigilas que los eventos se desarrollan según lo esperado y vuelves.

—¿Y si no suceden como en los libros?



Para asegurarme de que llamo la atención de mis objetivos he colgado un pendón de los reyes católicos en la playa. Es tan grande que hasta a un partido de ultraderecha le daría vergüenza. Es cuestión de horas que aparezcan.



—Entonces, pides refuerzos.

—¿Y si me ven?

—Da igual. Volveremos al pasado antes de que hayan vivido ese encuentro contigo. Para ellos será la primera vez que te vean, aunque sea la segunda primera vez.



La carabela queda a unos metros de la costa y un bote de remos con tres hombres a bordo se dirige hacia mi posición. Vigilo la escena desde detrás de una palmera: un tipo delgado con los pómulos marcados baja primero y ofrece su ayuda para que baje el segundo. Este viste ropas coloridas y su sobrepeso es evidente. El otro pasajero tiene que levantar y empujar para que el orondo caballero aterrice en la playa. Lo consigue, pero de culo. El espectáculo es lamentable.



—Pensar sobre eso me da dolor de cabeza. ¿Puedo irme?

—¿Somos la agencia de Vigilancia Espaciotemporal Reiterada Multidimensional Única? Hago hincapié en lo de “Vigilancia”.

—Eso pone en mi contrato. —Suspiro.

Activo mi reloj de pulsera y me desvanezco entre un polvo dorado. Queda bonito, pero huele fatal.



Esto no va bien. Lo confirmo cuando oigo maldecir al responsable de esa tropa.

—¡Mierda! —mascullo entre dientes—. Es italiano.

—¿Quién vive? —Uno de los marineros mira hacia mi escondite. Decido salir con los brazos en alto.

—Gracias a Dios que habéis llegado. Estoy desarmado. Mi nombre…

Su comandante me señala y es bastante escueto:

Morte.

Saco del bolsillo mi disparador láser y lo fulmino.

—Mi nombre es Cristóbal Colón. —Carraspeo—. Soy de Valladolid y vamos a descubrir un nuevo mundo. —Apunto al resto con mi arma y dan un salto atrás—. Y como algún jodido cabrón se mueva, juro por Dios que me lo cargo.

—Martín y Vicente Pinzón, señor. —Se arrodillan—. A vuestro servicio.

—¿Sois los hermanos Pinzones? —Pongo los brazos en jarras.

—¿Es que sabéis de nosotros?

—Desde hace mucho. —Sonrío—. Venid conmigo, muchachos, y os aseguro que en el futuro cantarán sobre vosotros.







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