—¡Llamas! —la mujer del 5F grita desesperada señalando el ala del avión—. ¡Fuego!.

Solo es el primer grito. Pronto muchos más se unen al concierto. Las personas a mi alrededor se abrazan aterrorizadas o lloran desesperadas o rezan a algún Dios omnipotente para que extienda su poderosa mano y les salve, o les acoja en su seno. Quizás.

Yo solo permanezco sentado, con la mirada fija y una melodía en mi cabeza. No hay nada que hacer. He calculado todos y cada uno de los escenarios posibles y acaban igual, en una certeza absoluta de muerte.

Junto a mí una joven que viaja sola abraza sus rodillas, aterrada. No siento lástima por ella ni por nadie, pero me siento obligado a calmarla.

—Todo va a salir bien —susurro y cubro los oídos con mis manos.

Ella me mira y trata de sonreír. Por algún motivo confía en mí.

La explosión comienza en el ala derecha y arranca un pedazo del fuselaje. Todo sucede rápido y algo en mi programación me lleva a sostener a la muchacha y saltar segundos antes de que el fuego acabe con el avión.




—Estás muy pensativo hoy. —Su voz me acaricia y me devuelve a la realidad.

—¿Por qué confiaste aquel día en mí? —pregunto, con la mirada perdida en el mar infinito que nos rodea.

—Porque no puedes mentir. —Sonríe la mujer en que se ha convertido.

—Te equivocas, sí que puedo.

—Tienes razón —concede con un suspiro—. Si no pudieras ahora estarías mintiendo, y si puedes lo confirmas. Pero nunca lo harías, ¿verdad?

No respondo, es demasiado lista. Nunca pensé que tener una compañera pudiera ser agradable. Nunca pensé muchas cosas. Si mi creador pudiera verme ahora se encogería de horror. Me creó como un ser superior, una IA que con el tiempo reemplazaría el sinsentido de la humanidad. Inmortal, sin sentimientos, sin alma, solo matemáticas y física. Él no se extrañó de que saltara del avión dejándole atrás.

—Estarás bien.

—¿Qué quieres decir? —Toma mi mano y mi inexistente corazón se salta un latido.

—Nada —miento—. Pronto vendrán a rescatarnos.

—¿Has reparado tus comunicaciones?

Me abraza y temo explicarle lo que he sabido siempre. No hay arreglo posible. Me dañé demasiado en la caída para salvarla y no me arrepiento ni un segundo de lo que hice.

En realidad, un equipo básico me habría bastado para recuperar la inmortalidad. Pero construí un hogar para ella, busqué comida, la vi crecer y descubrí mi capacidad para quererla. Y sí, tres años después, en esta isla desierta, la falta de un enchufe va a matarme. A mí, lo último, lo mejor que la tecnología puede crear. Un trasto viejo que quedará abandonado cuando ella logre salir de aquí.

—Recuerda siempre que eres un ser superior —le susurro y superando el único miedo que he sentido, me inclino, la beso y mi existencia cobra sentido.

Sonrío, tomo toda la energía que me queda y muero feliz, pidiendo ayuda para que ella viva.




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