Cada vez que llegaban las corrientes de agua cálida tenían que esconderse y montar el teatrito de burbujas y espejismos. Por tercera temporada consecutiva le había tocado a Ekros dirigir el espectáculo. 

—¡Que vienen los humanos! —Gesticuló mirando hacia sus congéneres—. ¡Escondéos!

A juzgar por los datos de la memoria del agua, por los cambios de presión y volumen, podían ser dos. «Al menos no son muchos» pensó para sí Ekros.

Los uroscópidos cubrieron con algas las rocas que conformaban su ciudad. También borraron las huellas de sus colas de pez de la arena del fondo del mar. 

—¡A cubierto! ¡Rápido! —Señaló con las aletas.

Cada uno ocupó su puesto y Ekros vigiló que todo estuviese en orden. Okris e Ikrosi tenían la delicada labor de soltar a Lordphius en el preciso instante en el que viesen las aletas de los submarinistas. El resto debía cumplir con los con efectos especiales pactados. Ukrusi era la encargada de crear fuertes corrientes con la máquina de las tormentas submarinas, mientras que Ekresi debía lanzar cortinas de burbujas para cegar a los humanos.

Los dos humanos, tal y cómo había predicho Ekros, aparecieron a lo lejos. Cuando se encontraban a menos de cincuenta metros, el espectáculo comenzó.

—¡Soltad a Lordphius! ¡Ahora!  —Indicó con sus aletas, Ekros.

Okris e Ikrosi abrieron la puerta del calamar gigante que empezó a nadar en dirección a los humanos. Ekresi, en perfecta sincronía y a la señal de Ekros, lanzó las burbujas que impedían distinguir las formas camufladas de la ciudad y Ukrusi creo una corriente que ayudó a los humanos a regresar a la superficie con rapidez.

Se alejaron y pronto los perdieron de vista. Cuando el peligró pasó, Ekros reunió a todos los uroscópidos, esperó a que Lordphius regresara y los felicitó. Habían salvado a Uroscopia de los ojos ajenos una vez más. 


Mientras, en la superficie, los dos humanos treparon hasta la cubierta de su barco. Se quitaron el equipo de submarinismo con el corazón todavía acelerado. El color tardó en regresar a sus caras frente al asombro de la tripulación.

—Arthur, ha faltado poco  —dijo Phil tratando de recuperar el aliento—. Es la última vez que te sigo en una de tus locas aventuras.

—Bueno, no te pongas así —replicó Arthur—. Solo era un calamar un poco crecido. Seguro que él tenía más miedo de nosotros.

—Lo que tu digas, Arthur, pero nadabas casi más rápido que yo hacia la superficie —dijo Phil visiblemente enojado.

—No sé, Phil. Yo creo que la Atlántida estaba tras esas burbujas gigantes. Todo era un truco. Había algo raro.

—¿Te faltó oxígeno durante la inmersión? —preguntó Phil algo burlón—. Mira, yo solo sé que has fallado una vez más y que según nuestras apuestas me debes otra gran mariscada en el puerto.

— Siempre y cuando no lleve calamar, me vale. Pagaré gustoso, aunque sé que los atlantes nos estaban mirando.

Comentarios
  • 4 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar