Ya han llegado, Sula. Están esperando junto a la estatua de Can-Tel.

—Bien. Cuanto antes terminemos con esto, antes podremos volver a nuestras tareas urgentes. Ocúpate de llevarlos a mi sala, Ton-O —transmitió Sula, desde detrás del escritorio. Mientras su guardia se alejaba flotando, se volvió para mirar por el ventanal. De todas las ciudades al este de la Fosa, aquella era la menos poderosa, siempre temiendo un ataque, y la estructura mostraba su obsesión por la defensa.

Señor, sus «invitados» lo esperan.

Sentía su miedo incluso desde allí. La gente de la superficie era tan primitiva que todavía se comunicaban mediante sonidos. Los estudiosos de la Época Terrestre aún no se explicaban cómo habían podido gobernar el mundo con una tecnología tan rudimentaria. En los Fondos dominaban la telepatía hacía siglos, no había otra forma de comunicarse bajo las aguas.

Cuando llegó los encontró esposados, un hombre y una mujer, dentro de una burbuja terrestre que les permitía sobrevivir allí abajo. Tan desvalidos y débiles, le daban asco. Casi tanto como la forma de hablar con ellos. Se puso un casco burbuja con un comunicador incorporado y se dirigió a ellos.

—Terrestres, habéis llegado en mal momento —dijo a través de los altavoces de la burbuja. Los humanos se sobresaltaron.

—¡Podéis entendernos! ¡Esto es una pesadilla! —La mujer se puso de rodillas, llorando—. ¡No somos una amenaza!

—Por supuesto que no, eso ya lo sabemos —gruñó Sula. Llevaba años sin hablar y la garganta empezaba a picarle—. Pero, ¿por que habéis llegado justo ahora? Estamos al borde de una guerra.

—Ha sido una desafortunada coincidencia, gran señor. —El hombre aún no había acertado a decir palabra y miraba asustado a su compañera mientras hablaba—. Estábamos buscando algo para comer y descendimos demasiado. Por favor, esto no volverá a suceder.

Ton-O, ¿quién los encontró? —Volver a la telepatía de vez en cuando le permitía ordenar sus ideas y descansar sus cuerdas vocales vestigiales.

Una patrulla de la periferia. Estaban pescando, tratando de atrapar un delfín.

—¿Cómo? ¿Un delfín? ¿A eso se dedican en la superficie? ¿Ya no tienen nada que comer en su estercolero y quieren venir a destruir nuestros Fondos? —Sula decidió que aquello tenía que terminar de una vez. No podían distraerse con los terrestres en aquel momento.

—Os creo, amigos. Queremos corregir este malentendido. Os invitaremos a cenar y os llevaremos a la superficie. Deberéis comunicar a vuestra gente que somos un pueblo de paz y no queremos batallar —dijo el tritón.

Los humanos sonrieron y se abrazaron mientras se los llevaban en la burbuja.

¿Tenéis su barca?

—Sí, señor.

—Llevadlos allí después de la cena y dejad que el resto de los humanos nos conozca. No quiero más problemas.

—¿Qué parte queréis vos?

—Me gustan los riñones, pero acordaos de deshuesarlos antes de cocinarlos, estarán más blandos. No dañéis los huesos, quiero que la señal del barco sea definitiva —envió Sula mientras se alejaba relamiéndose.




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