Los gritos se oyen desde la torre más alta de la ciudad. La sacerdotisa observa cómo su pueblo intenta huir hacia ninguna parte. Porque no hay escapatoria. Sus dedos palmeados se aferran al cofre de nácar cuyo símbolo es una leyenda que tendrá que probar o desmentir en unos instantes.

—Señora —dice uno de sus guardias personales. El uniforme hecho de algas no cumple su función de camuflarlo entre las paredes coralinas de la torre—, no tenemos el tributo.

Cuando ella se da la vuelta para observarlo, no hay dureza en su expresión y tampoco la ansiedad de quien ve su imperio desmoronarse. El guardia hace una reverencia y sus ojos se posan en el cofre. No cuestiona a su señora, pero el miedo de ambos se entremezcla con los gritos que provienen del exterior.

Poseidón está de camino y lo saben. El agua se enturbia, se agitan las brisas marinas, los peces huyen y esos cambios provocan el caos. El dios exige y, esta vez, no tienen nada para pagarle.

—Sacad a quienes podáis y marchaos por el arrecife —ordena. La sacerdotisa se yergue, orgullosa, al saber la confianza que han depositado en ella—. Yo bajaré al templo

—Pero, señora, moriréis —responde el guardián con voz temblorosa—. Nadie sobrevive a la ira de un dios.

—Que así sea. —La sacerdotisa le da la espalda y coloca la caja sobre el alféizar—. Hace mucho tiempo una diosa convirtió a una de mis hermanas en un monstruo. —Abre el cofre con cuidado mientras el guardia recula—. Esta vez el monstruo seré yo.

En el interior hay un diente de tiburón junto a dos esferas grises. La sacerdotisa coge el primer objeto, hambrienta de venganza por quienes se fueron y quienes se irán. Se come sus dudas cuando lo aprieta y se corta. Se lanza en picado cuando clava la punta en  sus ojos y hace palanca para arrancárselos. El dolor la atraviesa como un latigazo y no se ve capaz de seguir. Grita. Ruge. Llora. Se tira de rodillas al suelo y se aprieta las cuencas vacías. El agua a su alrededor sabe amarga.

Nota la mano del guardia en su hombro y se zafa de un tirón. Tantea a ciegas en busca de un saliente en la pared y, cuando lo encuentra, se aferra a él para levantarse. No lo quiere ahí; lo necesita para que entregue un mensaje. Respira con dificultad mientras sus manos se cierran sobre las esferas que han congelado tantas almas. Las escamas de los brazos se le tensan, casi puede notar cómo decenas de serpientes le crecen del pelo. Con un último esfuerzo, la sacerdotisa se coloca sus nuevos ojos.

—Llévate los espejos. —Ella se inclina hacia adelante y observa con otra mirada la extensión de arena, las casas de concha vacías y las algas a medio recolectar—. Si ves a Poseidón, dile que lo estoy esperando.











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