—¿Cuánto hace que no te da el sol? —La voz de Xael resonó en la pequeña cúpula—. No tienes buena cara. 

Roaa suspiró. Ni siquiera recordaba la última vez que había salido de su complejo, mucho menos cuándo había tomado por última vez el expreso a la superficie. 

—No creo que abrasarme la piel solucionara mis problemas —suspiró mientras dibujaba un círculo infinito en el cristal.

Un pequeño pececillo se acercó y le sacó una sonrisa.

A la profundidad a la que estaban, era imposible saber la hora por la luz. Roaa echó un vistazo al reloj en la puerta. ¿Cinco de la tarde? ¿Ya? Se le había pasado el día volando; hasta se había olvidado de comer. 

—Puedo acompañarte. Un pequeño cambio de aires. La situación ha mejorado bastante —insistió Xael—. Las últimas máximas rondan sólo los 60 grados. Además, con el traje… 

—¡Que no! —El golpe en el cristal asustó al pez, que salió nadando a toda prisa—. Perdona, estoy un poco nerviosa. 

Xael miró al suelo, temía preguntar.

—¿Qué tal el bebé? —susurró al fin.

—Bien, bien —se apresuró a responder ella—. Todo en orden. 

Xael dejó de contener el aliento al escuchar aquellas palabras, sin saber que distaban mucho de ser ciertas. 

—Mañana iremos a Bajo Nueva York. Si te animas… 

—Venga, sí. —Roaa se giró y puso su mejor cara—. Me vendrá bien. 

Quizás así conseguiría que la dejara en paz. 

—Salimos a las 6, para llegar y desayunar. 

El transoceánico submarino había sido de los mejores avances de los últimos años. Aunque si se hubiera invertido más en salvar el planeta de la deforestación y el cambio climático, no sería tan útil y necesario. 

—Toma mi billete. —Le ofreció Xael—. Ya sacaré otro más tarde. 

Roaa lo tomó sin rechistar, sólo quería que se marchara. 

—Te dejo descansar —dijo al fin Xael con una sonrisa algo forzada—. Nos vemos por la mañana. 

Salió de la pequeña cúpula tan silenciosamente como había entrado y Roaa se acercó a cerrar la puerta. No quería más visitas. 

Arrugó el billete que le había dado su amigo y lo dejó caer al suelo. No iba a usarlo. En su lugar, sacó del bolsillo el billete sin retorno a la superficie. Faltaban un par de horas para la salida.

El médico había dicho que le quedaba una semana, dos como mucho. Quería ver por última vez el sol, aunque su calor abrasador fuera lo último que sintiera en su vida. 

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