—¿Estoy muerto?

—Para nada —respondió el extraño ser sin apenas vocalizar—. De hecho, esto es como una nueva vida.

Los recién conocidos avanzaron en silencio. Vasco intentaba rellenar todas sus lagunas.

—¿Cómo me encontrasteis? —preguntó sin atreverse a levantar la mirada.

—Vigilando. —El ser pareció emitir algo parecido a un suspiro entre dientes—. Siempre estamos vigilando. Desde que descubrimos hace siglos que allá arriba hay todo un mundo que nos es vetado.

—Quieres decir… ¿hay más gente como yo aquí? —Esta vez, Vasco no pudo evitar mirar sus ojos enormes y redondos.

—Por supuesto. —El ser estiró los mofletes, exhibiendo una hilera de barbas que cubrían su boca y a través de las que silbaba las palabras—. ¿Cómo crees que conozco tu idioma?

Vasco lo contempló sin responder. En cuestión de horas había pasado de sufrir una inesperada tormenta mientras maniobraba su pesquero, a encontrarse a kilómetros de la superficie, en una ciudad submarina sacada de un sueño febril y paseando con lo que parecía un híbrido entre humano y ballena. Demasiado para un simple pescador.

—Lo siento, no quisiera parecer descortés —dijo mientras se rascaba la cabeza—, pero si no te importa me gustaría conocer a esas personas. Creo… creo que necesito oírlo de boca de alguien de mi especie.

—Claro. —Asintió el ser sin perder un ápice de su sonrisa—. De hecho, vamos hacia el lugar en el que conviven tus congéneres.

—¿Viven todos juntos? —preguntó intentando disimular una punzada de miedo.

—Si lo que quieres saber es si os utilizamos de cena, déjame aclararte que, si nuestra dieta solo dependiese de los náufragos, mi pueblo se habría extinguido hace mucho.

—Perdona…

—Descuida. No eres el primero que lo piensa —un brazo similar a una aleta y acabada en tres finos y largos dedos se posaron en su hombro—, ni creo que seas el último.

Continuaron los siguientes minutos en silencio. Esta vez, más relajado, Vasco se deleitó con el aspecto de la ciudad asentada en el lecho marino. La escafandra cedida por su guía no otorgaba una gran visibilidad, aunque su peso le permitía andar casi como si estuviese en la superficie. Las luces de las farolas daban una idea bastante aproximada de la magnitud de la ciudad. Vasco se preguntó de dónde obtendrían la energía.

—Ya hemos llegado. —Celebró su guía mientras señalaba una trampilla abierta en el suelo.

Vasco se extrañó y pensó que tal vez había malinterpretado a su anfitrión. Aun así, se asomó al agujero excavado en la roca. Antes de que pudiera entender lo que estaba viendo, sintió un fuerte empujón que lo precipitó a la oscuridad. Al levantar la vista, un centenar de escafandras idénticas a la suya lo observaron.

—Busca un sitio libre y rema junto al resto —gritó el anfitrión—. Nuestra energía no se produce sola. —La trampilla emitió un crujido al cerrarse y otro al abrirse de nuevo—. ¡Ah! Y bienvenido a tu nueva vida.

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