Tenía la ansiedad agarrada a mi garganta como un anzuelo: llegaba tarde al gremio. «No puedo enojar a la Maestra Botellera el primer día», pensé. Nadé veloz por el Mercado de las Ranas, sin detenerme ante los puestos de los Rescatadores, llenos de cachivaches humanos extraídos de los barcos hundidos.

Por fin llegué ante la majestuosa sede de los Botelleros, una monumental piedra pómez de color perla que se abría en múltiples cavidades. Había soñado con entrar en ella desde que era un pequeño sireno y hoy, por fin, podría descubrir aquel lugar místico. Nadie en Submarinia sabía en qué se ocupaba el gremio ni el origen de su extraño nombre: yo mismo ignoraba por qué me habían elegido.

Me llené las branquias de agua y ascendí hasta la cueva de entrada, situada en la cúspide. Encontré un taller vacío en el que pronto apareció la Maestra Botellera con una tabla de arcilla en la mano.

—Poncio Tritón, supongo. —Ni siquiera levantó la mirada de sus anotaciones.

—Sí, señora —respondí, con el tono más respetuoso que encontré.

—Coge un mandil —ordenó, señalando un coral rojo de cuyas ramas colgaba un solitario delantal color crema—, y sígueme. Los demás ya han empezado.

Me guio hasta la sala principal por estrechos pasadizos iluminados por peces abisales luminiscentes. Era una gigantesca caverna con incontables estanterías llenas de hileras de botellas. Las había grandes, pequeñas, de vidrios oscuros y claros; algunas llevaban mucho tiempo allí y otras, muy poco. Y todas, sin excepción, tenían un mensaje del mundo humano en su interior.

Me explicó que, por ley, los Rescatadores tenían que llevar al gremio las botellas que hallaban flotando a la deriva. Una docena de sirenas iba y venía por la sala, ataviadas con delantales iguales al mío. Durante horas, nos ocupamos en extraer con cuidado los mensajes de sus recipientes, leerlos y clasificarlos por nivel de tristeza. Los que no transmitían este sentimiento, eran descartados.

A mediodía, sonó una campana. Entonces todos mis compañeros se distribuyeron en torno a los cajones donde habíamos ido depositando los mensajes. Los más veteranos fueron asignados a los más intensos y así sucesivamente.

—¿Y ahora? —pregunté a una compañera que se había colocado a mi lado.

—¿Te has perdido la explicación de la mañana? —Asentí, algo perdido—. Ahora te lo comes. —Introdujo por su boca de labios gruesos un papelito que previamente había reducido a un finísimo rollo.

Hice lo que me decía. Al poco de ingerirlo, una pena amarga comenzó a extenderse por mi organismo, como si toda la desesperanza de quien la escribió habitara ahora en mí. Entonces trajeron las caracolas. Era casi la hora de finalizar la jornada. La Maestra se colocó delante de nosotros y dijo con orgullo:

—Cantad, botelleros. Vuestras canciones se enroscarán en el oído de los náufragos, en el alma de los marineros, en los corazones de los bañistas. Y los atraerán a nuestros dominios y serán su perdición, y así Submarinia seguirá prosperando gracias a sus tesoros hundidos.








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