El Alto Ministro Timbra cruzó sus dos pares de brazos mientras escuchaba atentamente las conclusiones de la Alta Científica Verna.
—Todo indica que el objeto no identificado que amerizó en la superficie, a ciento veinte kilómetros de la ciudad, es un vehículo tripulado. Nuestros observadores avistaron cuatro criaturas orgánicas sobre su superficie —explicó la Científica—. Sin embargo, ellas no dieron ninguna muestra de haber detectado su presencia. Nuestros dispositivos de ocultación parecen ser efectivos ante sus escaneos.
—¿Recomienda establecer contacto? —inquirió Timbra mientras daba la espalda a su interlocutora y contemplaba la imponente ciudad de Darün, bañada por la luz espectral de los bancos de peces bioluminiscentes que nadaban sobre ella.
—Aún es pronto —respondió Verna, después de una larga pausa—. Sugiero mantener nuestra existencia oculta el mayor tiempo posible. Sigamos observándolos y aprendamos todo lo posible acerca de ellos. Con suerte, puede que sus intenciones no sean hostiles.
—Y si lo son… —Timbra no terminó la frase. Su mundo ya había sido visitado por una especie alienígena en otra ocasión y los estragos generados por la guerra subsecuente habían hecho que la tierra firme fuese inhabitable. El océano era el único hogar que su generación había conocido—. Podéis retiraros.
En cuanto la Alta Científica hubo salido, Timbra se volvió hacia su amigo y confidente, el Alto Guerrero Sari.
—¿Qué opinas? —Se sentó a la Mesa de Mando y se frotó distraídamente la trompa, un tic nervioso que siempre había odiado—. ¿Podríamos vencer?
—No. —Sari nunca se andaba con rodeos. Era una de las razones por las que Timbra valoraba tanto sus consejos—. Si su tecnología les ha permitido llegar a nuestro mundo, es razonable pensar que también es lo bastante avanzada como para echarnos de él.
—Entonces, ¿qué deberíamos hacer?
—Rezar para que no haya una nueva guerra —sentenció con el ceño fruncido—. Y prepararnos para evacuar el planeta, en caso de necesidad.
Timbra suspiró y volvió a contemplar la ciudad, con sus imponentes edificios y la gigantesca cúpula que la protegía y les permitía respirar.
—Hemos luchado tanto para construir todo esto —murmuró para sí mismo—. No podríamos volver a empezar.
—Sí que podríamos. Y lo haremos tantas veces como sea necesario para proteger a nuestro pueblo. —La mirada del Guerrero rebosaba determinación. Era la clase de persona que te ayudaba a creer en ti mismo—. ¿Por qué sonríes?
—Me preguntaba qué haría yo sin ti —confesó. Después, abrió uno de los cajones de la mesa y sacó un puñado de mapas y documentos oficiales—. Bien, manos a la obra. Tenemos mucho trabajo que hacer.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar