—Siéntese por favor, le estábamos esperando—empezó el hombre del sombrero de tela con un ademán cortés.

—Muy amable por vuestra parte, señores—contestó el recién llegado quitándose el abrigo.

—¿Gustáis de una copa de jerez?—dijo un tercero mostrándole la botella.

—No, gracias. Quizás más tarde.

El cuarto hombre y el que seguía sin decir palabra fue el que barajó las cartas. Era un hombre desaliñado y de aspecto sucio, pero como se suele decir, las apariencias engañan, y siempre puede uno formarse una opinión equivocada. El hombre silencioso repartió las cartas.

—Y decidme, don Gonzalo: ¿os ha ido bien esta última semana?—inquirió el recién llegado acercándose las cartas y dirigiéndose al hombre del jerez.

—La verdad, es que ha sido tan tediosa como la anterior, don Fernando. Un hombre que se gana la vida contando el dinero de los demás no suele tener unos quehaceres tan interesantes como lo son los de nuestro amigo, don Bartolomé. ¿No es así?—concluyó don Gonzalo arqueando las cejas y levantando una comisura en una leve sonrisa.

—Así es, mi buen señor. Los poetas tenemos vidas más emocionantes que los contables, si se me permite, pero hoy es un día de juego. Poco importa a que me dedique yo o usted o el mismo don Andrés—dijo el bardo señalando con el pulgar al hombre que repartía las cartas. Era mudo, así que poca cosa iba a decir.

Cuando las cartas estuvieron repartidas, los cuatro se las miraron con tranquilidad y sin un ápice de expresión en sus semblantes. Luego las dejaron bocabajo sobre la mesa y se miraron unos a otros.

—¿Sabéis qué, don Gonzalo? Sí que me tomaré una copa de jerez, si me la pudierais servir…

—Con gusto lo haré—don Gonzalo miró a don Fernando por el rabillo del ojo y con recelo mientras le servía la copa y se la entregaba.

En ese momento, don Andrés se sobresaltó y se rebuscó en los bolsillos para sacar un pequeño saquito en el cual llevaba unas monedas. Puso una sobre la mesa y dejo el saquillo cerca de sus naipes.

—¡Es verdad! Aún no hemos apostado. ¡Qué cabeza la nuestra!—exclamó don Bartolomé mientras se sacaba otra moneda, la ponía cerca de la primera y apremiaba a los demás a hacer lo mismo.

Después de haber reunido cuatro monedas sobre la mesa, los cuatro volvieron a restar en silencio. Mirándose mutuamente y luego a las cartas. Don Fernando tomó su copa y le dio un ligero sorbo al jerez antes de soltar un suspiro de satisfacción e incluso antes de recostarse cómodamente en el respaldo de la silla. Pero entonces frunció el ceño, se incorporó y mientras se rascaba la cabeza murmuró entre dientes.

—¿Alguien me puede decir a qué demonios estamos jugando?

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.