Semus había hecho todo lo posible por evitar la guerra contra la superficie, pero la situación era insostenible. En su salón del trono había recibido a su guardia de confianza. Buenos atlantes, aunque más preocupados por derramar sangre que por buscar una salida pacífica.

—Y bien, mi señor, ¿daréis la orden? —bramó una figura con casco dorado.

—¿No hay otra solución, general Zuma? —El rey se revolvía en su sillón— ¿Acaso no es posible la convivencia con los humanos?

—Recuerde su última intervención en Naciones Unidas, majestad. —Dimäs, su consejero, tomó la palabra—. Con qué condescendencia nos trataron. Poco menos que se mofaron de nuestra cultura.

Aquello era cierto. Sus armaduras de coral levantaron las sonrisas de todos. Y que llevasen unas escafandras rellenas de agua salada para respirar en tierra firme fue definitivo para que nadie les tomara en serio. Qué frustrante era gobernar el mayor reino del planeta y tener apenas relevancia en las decisiones que se tomaban para su conservación.

—Son unos bárbaros —intervino el militar—. Ensucian los mares, envenenan los océanos y explotan nuestros recursos con total impunidad. Y no tienen intención ni de detenerse ni de enmendarse.

—Os lo ruego, mi rey, acabemos con ellos. Inundemos sus metrópolis. Bien sabe Neptuno que son seres inferiores, incapaces de respirar bajo las aguas. ¿Acaso no se les arrugan los dedos cuando pasan unos minutos en nuestros dominios? —Al resto de presentes se les escapó la risa.

Si el amo de los océanos aún no había ordenado un ataque contra Nueva York (porque tenían claro que, si algún día invadían la superficie, empezarían por allí) era porque desde hacía unos meses mantenía una relación sentimental con Susan, una humana de cabellos dorados. Ambos debían guardar el secreto. Ella estaba casada con un brillante científico y era madre de dos hijos. Cada vez que se reunían, pasaba por la marisquería y volvía a casa con bolsas enormes para disimular el olor que se pegaba a su piel. En cuanto a él, no podía permitirse un escándalo de esa magnitud. No solo porque, en ese caso, su reinado habría terminado; sino porque su vida misma pendería de un hilo.

—Sea. Mañana comenzará el ataque.

—¿Sobre Nueva York? —Zuma levantó los puños en señal de festejo.

—Por supuesto —murmuró—. Preparad a las tropas, ensillad a vuestros hipocampos. Que ballenas, orcas y pulpos estén prevenidos. Afilad vuestras espadas. Me retiro a mis aposentos. Descansaré antes de soplar el cuerno del Leviatán que nos conducirá a la victoria.

Tenía que avisar a Susan. Utilizaría el método acordado para comunicaciones de emergencia: un mensaje embotellado. Resultaba muy complicado escribir bajo el agua, pero si alguien tenía los recursos y los medios para hacerlo, ese era Semis. El calamar prestaría su tinta, además de su discreción, y el pez volador entregaría la misiva con ayuda de unas gaviotas. En menos de dos horas su amada pudo desenrollar el pergamino.

El contenido del mensaje se limitaba a tres palabras: «Tenemos que hablar»

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