Cuando vi el anuncio de “se necesita limpiacristales” pensé que era mi oportunidad. El sueldo era inmejorable y los requisitos mínimos. No leí más. No me hizo falta. Por fin un trabajo al que podía aspirar. Vestido de gala, tejanos limpios y camiseta de una marca cara de ginebra —pues quería causar buena impresión—, me presenté en el punto indicado. Que la entrevista tuviera lugar en aquel sitio tan particular, debió advertirme. Que apenas hubiera aspirantes, debió inquietarme. Pero eso no pasó. Nunca he sido muy bueno interpretando las señales.

—Imagino que sabrá usted nadar —demandó el entrevistador a bocajarro, sin mediar presentación ni fórmula de cortesía alguna—. Disculpe que sea tan directo, pero no se puede imaginar el día que llevo.

—Si, sí sé nadar —respondí dubitativo, sin entender el sentido de la pregunta—. En especial mariposa. —Imité con los brazos el gesto para aclarar a mi interlocutor a qué estilo correspondía. No era plan de ponérmelo en contra a las primeras de cambio.

—¿Claustrofóbico? —añadió a continuación aumentando mi desconcierto.

—Para nada —mentí.

—¿Problemas respiratorios?

—Tampoco. —En aquel momento, pensé que tal vez había confundido la dirección de la entrevista, pues el interrogatorio empezaba a parecerme absurdo.

—¿Problemas de reuma?

—No, no. —Llegado ese punto no pude aguantar más y, a riesgo de parecer descortés, interrumpí la batería de preguntas—. Creo que ha habido un error, yo venía por el puesto de limpiacristales.

—Y yo soy el encargado de contratarlo. ¿Fuma? —Aquel hombre era insaciable.

—No —volví a mentir cada vez con más ganas de llenar mis pulmones de Ducados.

—¿Alguna alergia?

—No conocida.

—Perfecto. Póngase esto y métase en el agua. —Lanzó a mis pies, para aumentar mi estupefacción, un traje de buzo.

Supongo que fue entonces cuando debí preguntarle a aquel hombre qué sentido tenía meterme en una piscina, qué clase de cristales eran los que debía limpiar y por qué aquel tercer grado sobre mi salud. Pero no lo hice. Gran error. Entre una timidez cultivada a la perfección, un miedo atroz a meter la pata hasta el corvejón y la imperiosa necesidad de ingresar posibles en mi anoréxica cuenta bancaria, preferí permanecer a la expectativa y ver por dónde discurrían los acontecimientos.

Y así acabé aquí.

El lugar es extraño, sí. Muy particular, también. Pero con el tiempo vivir en Atlantis no es tan malo como supuse el primer día. Tampoco es la panacea, no nos confundamos. Es, como decirlo, llevable. Lo que nunca llegué a imaginar fue lo difícil de limpiar que resulta la maldita cúpula que recubre la ciudad. Sobre todo, por fuera.






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