El calor se posa sobre mis párpados y una fina gota de sudor resbala por mi cuello hasta perderse en el piercing de mi ombligo. Sin embargo, es la boca pastosa la que me hace tomar acción. Alargo la mano y me incorporo para beber la poca agua recalentada que queda en la botella. Toca ir a comprar otra pero necesito refrescarme.

—¿Dónde vas, amor? —Me pregunta mi marido medio adormilado.

—A darme un baño, ¿vienes?

—Yo te espero aquí. —Sonríe de esa manera tan suya, a modo de disculpa—. No tardes mucho.

—Te quiero —respondo y le tiro un beso antes de caminar hacia la orilla de la playa.

La caricia de la espuma del mar al contacto con mis pies ardientes me produce un alivio inmediato. Avanzo hacia el interior sin alejarme demasiado y me sumerjo para proteger mi cabeza del sol.

—Ven conmigo —dice una niña parada frente a mí.

—¿Cómo dices? —pregunto sorprendida.

—Tienes que venir conmigo. —Insiste y sin que pueda sospecharlo, me agarra por las muñecas y me arrastra hacia las profundidades.

La oscuridad azul de aquellas aguas pronto se convierte en una luz grisácea y brillante donde grandes cantidades de residuos plásticos se mueven entre la corriente como pájaros entre las nubes. Debajo, emerge una ciudad cuyas construcciones bien pudieran ser Madrid o Barcelona.

—Este es mi hogar —dice—. Trabajamos en cuidar el fondo del océano, convirtiendo los residuos en alimento para la fauna marina. Pero estamos desbordados. Debéis parar.

—¿Y qué puedo hacer yo? —pregunto, consciente de la gravedad del problema.

—Habla con tu gente —dice—. Cuéntales lo que has visto. Si el mar enferma, no habrá vida.

—Me encantaría ayudarte, de verdad —respondo—. Te prometo que si estuviera en mi mano haría lo que hiciera falta, pero no puedo. No soy una persona que pueda influir en esto.

—Entonces, no me dejas otra opción —dice con voz casi gutural.

Un peso muerto cae sobre mis hombros con tanta fuerza que me inmoviliza y me hace descender entre las aguas turbias sin que pueda poner resistencia. Un pitido agudo sacude mis oídos a medida que la profundidad aumenta.

Me golpean con delicadeza en la cara.

—¡Por favor, dejen espacio! —Ordena una voz lejana.

—Vamos, amor. Despierta… —Reconozco la voz preocupada de mi marido.

Abro los ojos y me ladean sobre la arena de la playa pero no es suficiente. Una densa red envuelve mi cuerpo delgado y sucio mientras algo tapona mi garganta. Por suerte, mi marido se agacha para ponerse a mi altura.

—¡Se está ahogando! —Grita.

El personal sanitario acude para realizar las maniobras que ayudan a sacar el objeto que me obstruye las vías respiratorias: una bolsa de plástico. Abrazo a mi marido mientras los curiosos murmuran asombrados.

—No vas a creerte lo que me ha pasado —le susurro al oído.

























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