Los dos hombres cargaban el batiscafo con prisas, semi ocultos en las sombras del callejón. Las cajas, llenas de objetos, joyas y demás tesoros, ocupaban gran parte del suelo del vehículo y solo dejaban un estrecho pasillo para llegar hasta los asientos.

—¿Crees que aguantará? —preguntó Rupert mientras terminaba de cargar los últimas cajones.

—Por supuesto. —Un crujido le hizo morderse la lengua y levantó la vista con temor—. ¡Oh, mierda!

Sobre ellos, en la bóveda que mantenía a la ciudad a salvo de la inmensidad del océano, se dibujaba una grieta de la que comenzó a brotar agua.

—¡Joder! —gritó Rupert al ver la rotura y como esta crecía—. ¡Hay que irse de aquí!

Una alarma rompió el ambiente calmado de las calles y una voz metálica salió por los altavoces repartidos por todo el complejo: «Aviso a todos los habitantes de Nueva Atlantis 3. Vuelvan a sus casas de manera urgente y activen los protocolos de inundación. Se ha detectado una brecha en la cúpula. Esto no es un simulacro. Aviso a todos los habitantes…». El mensaje siguió repitiéndose mientras los dos hombres subían al vehículo a trompicones.

—No estoy seguro de esto. —La preocupación en la voz de Rupert era evidente—. Nada está saliendo como habíamos previsto.

—¡Deja de poner pegas! —gritó Joey al cerrar la esclusa del pequeño submarino—. Tú has sido el causante de todo esto, así que no te quejes.

—¿Cómo iba a saber que llegaría la bala hasta allí arriba?

Joey se giró hacia él y lo miró fijamente.

—¿Acaso la prohibición de armas en las cúpulas no te había dado una pista?

—¡Y yo que sé! —se excusó Rupert abrochándose el cinturón del asiento—. Creí que era por lo que se había liado en la superficie.

Joey sacudió la cabeza. Las armas habían desatado una guerra tras otra en La Tierra, acabando en un conflicto nuclear a nivel mundial que había obligado a refugiarse en el fondo del océano. Cúpulas como las que había sobre su cabeza mantenían las ciudades a salvo de la radiación y del agua. Bóvedas diseñadas para aguantar las presiones exteriores sin sufrir desperfectos, excepto cuando recibían daños internos, como los que Rupert había causado.

—No teníamos que haber entrado a esa casa a robar…

—Lo hecho hecho está. —Joey sujetó los mandos del vehículo con fuerza cuando el agua estalló sobre sus cabezas.

La gente seguía en las calles cuando la cúpula se quebró por completo. Miles de cristales del grosor de un colchón cayeron sobre ellos, empujados por toneladas de agua salada y radiación. El batiscafo se sacudió y comenzó a rodar sin control, lanzado contra las personas y edificios, recorriendo la ciudad que tardó pocos segundos en quedar inundada. En su interior, los cuerpos de Joey y Rupert, anclados a los asientos, colgaban inertes tras recibir los golpes de los objetos que transportaban. Los mismos objetos que habían robado minutos antes. Los que habían desatado la destrucción de Nueva Atlantis 3.

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