—Este tío me parece que no se entera de nada —dijo Filippo entre susurros.

Silvio parecía no darse cuenta de que tenía a Tomasso detrás haciéndole señas a Filippo.

—¿Queréis callaros? ¡Así no hay quien se concentre! —Silvio no veía más allá de sus propias cartas, al parecer.

—¿Quién va?

—Veo tus cien y subo a... quinientos —A Filippo no le temblaba el pulso, apostar fuerte es la mejor opción cuando te sabes ganador.

—Los veo y subo a mil -Un contrincante duro, sin duda. Pero de nada le iba a servir.

El silencio se podía oler. Ambos mostraron sus cartas, Filippo primero:

—Escalera real, yo gano —dijo, afanándose en coger las cartas y el dinero.

Silvio desenvainó la espada, a la vez que enseñaba su mano:

—Fíjate, yo tengo exactamente lo mismo. Gano yo.

—¿Y eso por...? —No pudo terminar la frase. Con un golpe maestro, su cabeza se separó del cuerpo y rodó por el suelo.

Tomasso tampoco tuvo tiempo de mostrar sorpresa ni de huir, ya que el ayudante de Silvio le bloqueaba el paso.

—Dos cabezas más para mi colección. En el póquer gano yo, en las trampas no tengo rival —Sonrió, y después se dirigió a su lacayo—: Vamos, prepáralas para colgarlas en mi sala de trofeos.

Giacomo sabía lo que tenía que hacer, pero no iba a dejar escapar la oportunidad de ganarse una chaqueta.

—Sastería italiana de la mejor calidad —Le quitó la prenda a Filippo, la olisqueó y se la probó—. Y de mi talla.

Volvió a su casa, con una pequeña mancha de sangre en su nueva chaqueta como único testigo de su complicidad. Su mujer, como siempre, no preguntó.

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