En el fondo del mar el silencio es tan intenso que Coralina extraña el eco de sus pisadas. La penumbra que envuelve las ruinas de la ciudad prohibida hace que tropiece sin parar con obstáculos invisibles mientras camina tras su abuela.

—Vámonos, yaba —ruega la joven, que ansía volver a su hogar, tierra adentro—. Aquí no hay nada, solo son leyendas.—¿Leyendas? —La anciana se vuelve hacia ella—. ¿No es eso lo que las sirenas somos para los piel seca? —Coralina se toca las pequeñas branquias que tiene tras las orejas y que ninguno de sus amigos humanos debe descubrir—. Las leyendas existen, Cora. Debemos encontrar lo que buscamos.

La chica está harta de deambular entre muros derruidos cubiertos de algas. Ha perdido la noción del tiempo, y también la paciencia.

—¿Y qué buscamos? —pregunta con tanta dureza como el respeto le permite—. ¿Venganza? 

—Era el último narval. —La voz rota de la vieja Liagora condensa toda su tristeza, pues las lágrimas no tienen sentido en seres concebidos para vivir entre agua salada—. Naciste en el mundo de los secos y no espero que lo entiendas, pero yo nadé con ellos, eran mis hermanos. Como las tortugas carey, y las ballenas azules, y tantas otras criaturas que ya no existen. Esos monstruos humanos los han exterminado sin que las sirenas hiciéramos nada por impedirlo. 

—Emergimos, yaba. —Las sirenas solo emergen una vez. Al hacerlo cambian su cola por un par de piernas en una transformación dolorosa e irreversible—. Nos mezclamos con ellos para que dejaran de destruir nuestro mundo. Elegimos cambiarlos desde dentro, con organizaciones y poder político.

—Una decisión tan estúpida como inútil —escupe Liagora, borrando de un plumazo la sonrisa esperanzada de Coralina—. Ya es hora de hacer algo que merezca la pena —anuncia antes de reanudar la marcha.

Parece que bajo el océano los años no pesan sobre la anciana. Se mueve con una gracilidad que su nieta envidia. Juntas recorren lo que antaño fueran las calles de una metrópoli interminable. Coralina está convencida de que allí no encontrarán lo que prometen las leyendas, casi no puede creerse que la ciudad prohibida estuviera donde su abuela auguraba. Su seguridad se tambalea cuando se topan con una enorme hendidura en el terreno. Es como si algo gigante le hubiera dado un mordisco inmenso al fondo del mar. Diez surcos la recorren y se pierden en la oscuridad. Tal como cuentan las historias.

—Por fin —exclama Liagora aliviada.

Coralina la sigue a trompicones. El suelo se sacude con unos latidos que se aceleran a medida que ellas avanzan. Al llegar al muro que está al otro lado, contempla horrorizada como la anciana sirena raspa la mano contra la roca hasta que sangra. El latido enloquece, y ya no viene solo del suelo. Cora quiere gritar pero sabe que es tarde. Su abuela tiene razón, las leyendas existen. 

—Estamos aquí para liberarte, demonio. —El ojo del kraken, amarillo y enorme, las saluda a través de una grieta en la roca—. Espero que estés hambriento después de tantos años dormido.

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