Las luces de emergencia de la ciudad-laboratorio subacuática Aldemis-12 titilan. Despejan de forma intermitente las tinieblas que envuelven sus calles y edificios desolados. Sobre su cúpula de cristal, la fauna acuática parece un enjambre de sombras que flota en una inmensidad cerúlea.
A Sam Klint le parecería hermoso si no fuera porque todo el lugar apesta a muerte y a sangre. Todos los que no escaparon en los batiscafos de emergencia han muerto. O quizá sería más correcto decir que han sido brutalmente asesinados. Aún se le hiela la sangre pensando en la pobre Dunia Stork, con la cabeza atrapada en una bolsa llena de agua. ¿Y qué decir de Zarei Niens? O lo que fue aquel joven antes de convertirse en un amasijo de carne sin forma en mitad de la Plaza de la Ciencia.
—¿Dónde demonios estás? —Sam agarra con fuerza la barra de hierro que porta mientras su voz se pierde en las calles desiertas.
En las sombras, siempre en las sombras. —El zumbido de los sistemas eléctricos averiados parece transformarse en una voz rabiosa, impaciente.
—¡Muéstrate! —grita Sam, cada vez más enfurecido al pensar en sus compatriotas asesinados.
Un gran estruendo a su espalda le arranca un chillido bochornoso y hace que pierda la barra de hierro mientras huye a la carrera.
No puedes huir. Serás mi presa. Como todos los demás —ulula aquella presencia incesante.
—¡Voy a acabar contigo, malnacido! —Sam hace acopio de toda su voluntad para no temblar—. ¡Voy a vengarlos a todos!
¿Lo harás cuando te arranque el corazón y se lo dé de comer a las anguilas? —dice la voz, cada vez más cercana, casi convertida en un susurro íntimo.
A Sam le gustaría tener tiempo para poder sopesar sus movimientos. Él es un hombre de ciencia, no de acción. Si tan solo pudiera analizar la situación... Pero la presencia está a punto de alcanzarlo, casi puede notar su respiración en la nuca.
—¡Da la cara! ¡Lucha de frente, vamos! —vocifera, y su grito se convierte en un eco que inunda toda la ciudad submarina.
Casi me tienta hacerlo. —La voz parece temblar de puro éxtasis sanguinario—. Sería divertido ver cómo luchas por tu patética vida. Pero no. Morirás cuando menos lo esperes. Cazado, como todos tus seres queridos. 
Aquella mención hace que la adrenalina recorra cada esquina del cuerpo de Sam. El odio y el deseo de venganza se convierten en su espada y escudo. En ese instante, decide dejar de huir y se da media vuelta para confrontar a aquel monstruo.
—¡Ahí estás! —grita al atisbar una silueta entre la oscuridad. 
Se lanza a por ella sin pensarlo en un placaje desesperado, y al impactar, salta en mil pedazos lacerantes. Sam mira a su alrededor con desesperación, a sus incontables reflejos que lo observan con una sonrisa felina. Abre los ojos al comprender, demasiado tarde.
Eres mío —dicen al unísono todos los reflejos antes de agarrar una esquirla para seccionarse la yugular.

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