—Más te vale no acercarte. —Agito el detonador mientras aprieto todos los botones del inmóvil ascensor.

—No hagas ninguna locura. —La mano del guardia, extendida en mi dirección, tiembla, mientras él trata de no mirar la bomba adherida a la cúpula—. Dámelo y puedes irte. Nadie lo impedirá, es una sentencia de muerte. No nos condenes a todos.

Asiento y él desbloquea el elevador. Yo le lanzo el pequeño control y vuelvo a pulsar el panel.

—¿Sabes cuál es el valor de una vida? —le grito mientras las puestas se cierran y comienzo a ascender.

Yo lo decidí ayer. 


Por la pequeña ventana de nuestro cuarto se veía este mismo ascensor.


—¿Dónde acaba? —preguntó Amaya señalándolo.

—Acaba en una playa bañada por el sol, las estrellas y un precioso cielo azul. —La recosté en la cama para que se durmiera. Debía permanecer tranquila o despertaría a su tío.

—¿Azul como el mar? —preguntó curiosa—. ¿Con peces?

—No, cariño, en el cielo se llaman aves. —Acaricié su piel casi transparente—. La abuela nos habló de ellas. ¿Recuerdas?

Asintió despacio. El sueño la vencía.

—La abuela, ¿por qué se marchó? —susurró con los ojos ya cerrados.

—Para que viviéramos —respondí, trazando pequeños corazones en su cabecita azul.

Reí al acordarme de mi madre, de su empeño en transmitirnos historias antiguas sobre un mundo que pronto pisaría. Sobre el sol, sobre un cielo imposible de aire en vez de agua. Hablaba de tierra negra, marchita y del veneno que trajo el agua que caía del cielo. De pelo y papel, de mamíferos que vivían con las personas sin importar el oxígeno que consumían. Del fin del mundo y la gran migración bajo el mar. De lo afortunadas que éramos por vivir.

Lloré por esa gran mujer que se fue con cuarenta años porque respiraba un aire que no nos pudimos permitir. Nos faltaron diez créditos y por ello tomó el ascensor.

Cuando me di cuenta era demasiado tarde. Me había distraído. Salté de la cama y corrí, de puntillas, hasta la pared liberando la trampilla oculta. El llanto hambriento rompió el silencio de las horas de descanso. Recuerdo tapar con la mano temblorosa la boca del bebé, rezar para que las turbinas que daban vida a la ciudad sumergida ahogaran el inoportuno sonido. Pero era tarde. La guardia le descubrió y mis niños tomaron el ascensor, pagaron el precio de nuestro egoísmo al querer permitirle vivir. Yo, como ingeniera, era valiosa, los niños no.


El primer rayo de sol en mi piel me devuelve a la realidad. Las puertas se abren y caigo en una arena extraña. Unas manos ásperas, las de mi madre me levantan. No entiendo lo que dice, la piel me arde y el aire extraño abrasa mi pecho, pero abrazo a mi hija y soy feliz.

El temblor tras la explosión me indica que el temporizador ha llegado a su fin. Ahora todas las vidas valen lo mismo, nunca más costarán diez créditos que solo algunos pueden pagar.



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