Las nubes violetas anunciaban una gran tempestad. Todos estaban preparándose para que las grandes corrientes no se llevasen con ellas los corales que formaban Ocetania.

—Necesito más algas para amarrar el arco de la entrada —burbujeó Meredith a su equipo.

—Se han terminado todas las reservas, capitana. La última tormenta las destrozaron por completo. —La mirada de Murdoch no tranquilizaba a su superiora—. No acabamos de salir de una para meternos en otra.

—No me gusta ni pensarlo, pero creo que necesitaríamos su ayuda.

—Ni de broma, Jaladri, yo me niego.

—Creo que tiene razón.

—No, tú también no Meredith. Si ellos vienen no cuenten conmigo —se oponía Murdoch—. No te lo tomes como una desobediencia, capitana. Sabes que nunca me han dado buena espina esos No-mar.

—Estamos perdidos si no contamos con ellos. Vamos, no tenemos mucho tiempo. —Aletearon lo más rápido que pudieron para llegar a la central y contactar con los refuerzos terrestres.

La tormenta se acercaba. Se podía notar en la turbidez del agua.

—¡Cuánto me alegra oír tu voz, Capitana Lotz! —contestaron al otro lado del intercomunicador.

—Ojalá pudiéramos decir lo mismo —gruñó Murdoch.

—Supongo que eres el pequeño principito Octenio.

—¡Ya no soy pequeño! Y se dice Ocetanio, no Octenio.

—¿Tienen algo más importante que decir?

—Es por la tormenta —se adelantó Meredith antes de que se pusieran a discutir otra vez—, no podemos hacerle frente nosotros solos.

—Querida, sabes que yo hago cualquier cosa que me pidas, ya te mando los refuerzos. Y por cierto, tenemos que vernos.

La conexión se cortó. Ya podían oír el ruido de los submarinos poniéndose en marcha, aunque estuvieran todavía a kilómetros de distancias. Los guardines marinos fueron a ocupar su lugar para proteger Ocetania.

—¿A dónde vas?

—Tengo que ir a buscar una cosa antes de que lleguen los terrestres.

—Ten cuidado y no tardes, no podemos hacer nada sin ti. —El príncipe nadó hasta su puesto.

Meredith se escabulló para salir a la superficie. Ahí la esperaba una pequeña barca casi invisible por el mal tiempo que se estaba acercando.

—Que gusto da verte, ya te echaba de menos, querida. ¿Qué tal van tus remordimientos? Acabas de vender a tus amigos. —Apretó el botón de la máquina que tenía a su lado, enseguida todas las nubes desaparecieron.

—Soy un clon creado por ti. Por supuesto que no tengo sentimientos— dijo mientras oía la batalla que empezaba entre las dos especies metros más abajo.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Esredi @Magali hace 1 mes

    Fue un placer leerte y es un gusto volver a votarte. ¡Sigue así! Un abrazo


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